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Índice

Cubierta

Prólogo. Los hombres y sus circunstancias

Cuentos difíciles

Tiempos negros

Jenn Díaz. La niña Angelita

Lorenzo Silva. El verdadero crimen perfecto

Alexis Ravelo. El centro del olvido

Eduardo Berti. 99 notas preparatorias para una novela en torno al Maracanazo

Ernesto Mallo. 5 postales latinoamericanas

Patrícia Soley-Beltran. La bienhablada

Cristina Fallarás. La última del sanatorio

Bernardo Fernández – BEF. Aquí el crimen no existe

Paco Ignacio Taibo II. Tlálolc

Pablo De Santis. La sospecha

Espido Freire. Negocio familiar

Petros Márkaris. Los tres caballeros

Anna Maria Villalonga. Mala lluvia

Créditos

Prólogo

Los hombres y sus circunstancias

La historia del mundo es un catálogo de actos de violencia y de accidentes. Está compuesta, en lo esencial, de guerras, de coronaciones, de deposiciones y de revoluciones que acto seguido han sido reducidas a la nada. Ante cosas tan odiosas, lo bello apenas tiene oportunidad.

ERWIN CHARGAFF

Hay momentos en que confluyen una serie de circunstancias que producen un resultado inesperado. Los accidentes, por ejemplo, son siempre consecuencia de un encadenamiento de hechos que desembocan no pocas veces en situaciones trágicas. Solo esos registramos, pero cada momento es el resultado de una serie infinita de hechos encadenados. Para que nos crucemos con una persona en la calle, a la que nunca volveremos a ver, tuvieron que darse una cantidad de situaciones que bien pueden tener su origen en el nacimiento del universo. Todo ello es imposible de controlar, imposible de prever. Sin embargo, si nos detenemos en cualquier momento de nuestras vidas y miramos hacia atrás con honestidad, veremos que todos nuestros pasos nos condujeron a este preciso instante. Podremos apreciar la consecuencia de una cantidad de decisiones que fuimos tomando por el camino, algunas de forma consciente, otras no, combinadas con cuestiones externas que las afectaron o condicionaron. Esto, que es verdad para los individuos, no lo es menos para las sociedades. La política ha demostrado su incapacidad para prever las consecuencias de sus decisiones. La vida demuestra a cada paso lo poco que controlamos todo. Desde los albores de la humanidad hemos atravesado conflictos, guerras, epidemias, catástrofes, crisis económicas, el trabajo o la falta de él y tiranías de todo pelaje. Si bien han tenido un alto costo en vidas y sufrimiento, hasta el momento hemos logrado sobrevivirlos. Estoy convencido de que gran parte de este éxito es debido a que somos capaces de contarnos nuestras historias, de transmitirnos experiencias y de encontrar en la cultura los recursos necesarios para superar los momentos más terribles que nos toca vivir como individuos y como comunidades. Llamamos «Tiempos negros» a esos momentos.

Hay infinidad de definiciones de cultura, todas opinables, todas discutibles. La que a mí más me interesa propone que «cultura es la manera en que una comunidad o un individuo resuelve sus problemas». Y creo también que para resolver cualquier problema es preciso plantearse la pregunta adecuada. El arte y la literatura no tienen, a mi juicio, la capacidad de cambiar el mundo, pero sí tienen la de hacerlo evidente, la de ayudar a comprender la condición humana y la de enseñar a trascender las apariencias que se construyen mediante los discursos no literarios.

Esa es, a mi parecer, la importancia de este volumen. Hemos reunido aquí a autores muy valiosos que nos regalan su particular visión de las pulsiones y las pasiones humanas desde principios del siglo pasado hasta entrado el siglo XXII, además del texto de la gran escritora Alicia Giménez Bartlett sobre la dificultad que presenta escribir «negro».

Nuestro viaje comienza con Jenn Díaz, quien nos cuenta las andanzas de la pavorosa Enriqueta Martí, la célebre asesina de niños de Barcelona, desde la óptica de una de sus víctimas, sin recurrir al fácil recurso de la condena y la indignación.

Lorenzo Silva nos deleita con un relato ambientado en el Marruecos español sobre un crimen anunciado y perfecto en tanto no condenado por la justicia, pero sobre el cual el destino también tiene mucho que decir.

Con esa poética rústica, que sabe a óxido y desesperanza, y con el dominio del lenguaje de los bajos fondos que caracteriza su escritura, Alexis Ravelo desentierra un crimen que estuvo veinte años sepultado, envenenando la conciencia de quienes tuvieron que ver en ello.

Eduardo Berti nunca deja de sorprender. Una escritura novedosa, cargada de humor, una reflexión profundísima sobre el arte de escribir y al mismo tiempo una trama que no podemos eludir. Sus 99 notas son en sí la estructura limpia de una novela policiaca (que esperemos algún día escriba), de los problemas que supone escribirla y, al mismo tiempo, una narración autónoma de gran inteligencia.

De mi propio aporte solo diré que son cinco relatos unidos por una nostalgia burlona de lugares a los que no se quiere regresar.

Patrícia Soley-Beltran nos lleva de paseo por el barrio Gótico de Barcelona, zona plena de magia, de historias tremendas y recónditas mediante el soliloquio de una niña que le habla al lector, y lo constituye en su amigo invisible. Un viaje alucinado donde ver y pensar en las cosas que los mayores temen siquiera considerar.

Cristina Fallarás, tal vez la escritora más cruda y directa de su generación, que hace de la incorrección política su marca registrada, nos lleva en bicicleta a un tour por terribles recuerdos sepultados en un sanatorio abandonado de Calafell, poniendo en duda que tal lugar haya existido jamás.

Japón es un lugar que nos enfrenta a una manera diferente de concebir el mundo, la vida, el sexo, el trabajo, la ética y la estética. Y también un país con una de las tasas de criminalidad más bajas del planeta. Este escenario es el que eligió Bef, el autor y novelista gráfico mexicano, para poner en escena un asesinato. El cóctel incluye a una mala mujer rusa, un detective que jamás se ha cruzado con un homicidio y un fan irredento de Star Wars.

Dijo Salvador Dalí: «De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas».

Paco Ignacio Taibo II nos hace cómplices de una delirante conspiración, tramada en Nueva York, que tiene por protagonista al mismísimo Benito Juárez. Se trata de encontrar la forma de hacer desaparecer, por razones estrictamente políticas, el monolito de Tlálolc de 168 toneladas de peso que adorna el paseo de la Reforma.

Pablo De Santis nos embarca en la investigación que pretende poner fin a una serie de atentados con cartas bomba. La minuciosa persecución de una sospecha en Bariloche, ciudad enmarcada en el paisaje de la Patagonia argentina, desviada por una historia de amor y otros accidentes naturales.

A veces nos asalta la idea de que existen mundos paralelos. Es así, no siempre lo advertimos, pero hay quienes viven en la legalidad y quienes lo hacen en la ilegalidad. Ese otro mundo tiene sus leyes, sus códigos, sus odios y sus amores. El cuento de Espido Freire nos revela cómo ciertos personajes viven en el crimen con toda naturalidad, con toda familiaridad.

Pericles y Sócrates, bajo la mirada censora de Platón, deciden aventurarse por los barrios de Atenas a revolver en la basura de los ricos en busca de cosas que comerciar. La genialidad de la escritura de Petros Márkaris consiste en la tremenda carga simbólica de sus narraciones a partir de lo simple, de la sencillez, de lo cotidiano.

Anna Maria Villalonga nos propone un mundo muy Blade Runner, pero sin androides soñadores, o un Macondo planetario en el cual los humanos buscan un lugar seco, un lugar a salvo de sus propias pulsiones destructivas. Un futuro húmedo y sucio, en el que unos pocos tratan de hacer el bien.

La poesía, bien lo sabían los antiguos griegos, está en la base de toda creación artística. Sin ella no hay escultura, pintura, arquitectura, literatura. Sin la poesía no hay arte. Estos cuentos, tan distintos entre sí, tanto en estilo como en contenido o ubicación geográfica y temporal, tienen sin embargo un hilo conductor, algo que los une, además de la caracterización que le da el título de la antología. Es precisamente su vena poética. A partir de una premisa simple, cada uno de los autores ha conseguido imprimir a sus narraciones su marca poética, y encontrar lo bello en los tiempos negros. No es poco mérito si también destacamos que se trata de una lectura entretenida que recupera la posibilidad de leer por el simple placer de hacerlo. Todo lo que es fácil de leer, es difícil de escribir. Escribir simple es una tarea muy ardua, pero el fruto consiste, precisamente, en encontrarle la oportunidad a lo bello. En un mundo tan odioso, crear belleza es la forma de hacer una revolución que no puede ser traicionada. He aquí nuestro aporte.

ERNESTO MALLO

Cuentos difíciles

Escribir relatos es extremadamente difícil. No tanto como componer versos, claro está. Para la poesía necesitas haber nacido con un don especial; es el género menos democrático de la literatura, algo comparable a nacer guapo o nacer rico. Cualquier intento de apropiarse de ese rango que es más que habilidad, suele acabar en fracaso. El cuento no llega a tanto, eso es cierto. Sin embargo, gracias a mi veteranía he podido comprobar que hay autores a quienes les fluye el cuento de una manera natural y otros que sudamos tinta al acercarnos a él. Eso demostraría que para escribir relatos también hay que llevar una marca divina en el ADN.

La técnica es distinta a la de la novela, todos lo sabemos. Es necesaria concreción, inspiración, vocabulario escogido, capacidad de síntesis, cálculo exacto, tema abarcable y genio para dotar a la historia de un apropiado desenlace. Personalmente creo que son necesarias más cosas, incluso me atrevería a decir que la visión del mundo que tiene un escritor de cuentos no es la misma que la de un novelista. Intentaré explicarme con un ejemplo. Nos reunimos un grupo de cinco amigas, todas escritoras, al menos una vez al mes. Se da la circunstancia de que cuatro de ellas se especializan casi exclusivamente en la práctica del relato, siendo yo la única novelista. De nuestras comidas y cenas, bastante alocadas, siempre surgen proyectos literarios que nunca se hacen realidad. Hace poco decidimos escribir un volumen de relatos conjunto en el que abordaríamos, quizá para modernizarlo o desmitificarlo, el tema de Mujercitas, el célebre libro de la autora americana Louisa May Alcott. Probablemente llevadas por la euforia alcohólica, pensamos que esta vez la iniciativa no debía quedar en agua de borrajas. Allí mismo, en papeles separados y sin comunicarnos, bosquejaríamos el tratamiento que cada una desarrollaría en su cuento. Nos pusimos manos a la obra y, unos minutos después, leímos en voz alta los resultados. La primera de mis amigas había pensado en meterse en la piel de la criada de la familia. La segunda reproduciría exclusivamente el regreso del padre al hogar. La tercera escribiría los pensamientos de Jo sobre sus hermanas, y la cuarta se centraría en Amy, contando un solo día de su vida. Solo una servidora había intentado malamente condensar TODO el argumento de la novela de una tacada. Una evidencia esclarecedora: el cuento precisa centrar el tiro y profundizar. Algo que no está en la naturaleza de algunos escritores.

De acuerdo, una vez puesta de relieve la dificultad del género, vayamos a una especificación que complica las cosas todavía más. Si el relato lleva la etiqueta del noir, del policiaco, del thriller…, como ustedes gusten llamarlo, entonces la empresa se convierte en una proeza frente a la que es conveniente encomendarse a Dios. La novela policiaca tiene unas reglas estrictas, que se pueden subvertir muy poco. Para empezar, es imprescindible un crimen cuyo autor desconocemos y a partir de ese interrogante, el consabido Who did it?, el escritor plantea toda una investigación. El final no solo consiste en desvelar quién es el asesino, sino en sorprender al lector, al que previamente habremos inquietado, despistado, reconducido, encelado y posteriormente puesto de frente ante «la realidad». ¿Cómo hacer todo eso?, ¿cómo desencadenar en quien nos lee tantas emociones, dudas e interés cuando tenemos el espacio tasado? En una novela de ilimitada longitud, contamos con el estudio de personajes, con la ambientación, con los indicios que se van sembrando estratégicamente aquí y allá, con las pistas que apenas se notan, con el crescendo de las pesquisas, con los datos que unas veces se hurtan y otras se sugieren: ¡todo un espacio de posibilidades en las que el autor juega con el lector porque este se ve impelido a jugar! Cuando se intenta provocar esa ristra de sentimientos y pensamientos en la mente de otro en un número determinado de páginas, hay que estar muy seguro de las cartas que llevas en la mano y hacerlas aflorar de manera milimétrica. ¡Por no hablar del desenlace! ¿Cómo se logra haber generado en el lector la ansiedad suficiente? ¿Cómo haberle dado las señales necesarias para que tenga sus barruntos de quién es el culpable? ¿Cómo sorprender sin dañar la verosimilitud? ¿Cómo hacer creíble el móvil del crimen? Un follón, créanme.

¡Qué difícil es escribir relatos! Y todo para que luego vaya el editor y te diga que en España los libros de cuentos no se venden bien. No hagamos ni caso. Tenemos en las manos un ramillete de espléndidos ejemplos de cómo el talento puede sortear cualquier dificultad. Yo solo he querido contribuir a señalarle al lector que la cosa tiene más intríngulis del que puede pensarse. Y poco más.

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT

Tiempos negros

JENN DÍAZ

La niña Angelita

1900 – Sant Feliu de Llobregat, Cataluña

Jenn Díaz (Barcelona, 1988) es autora de Belfondo (editado por primera vez en 2011 y revisado en 2017, publicado por Destino), El duelo y la fiesta (2012), Mujer sin hijo (2013), Es un decir (2014), Madre e hija (2015), que fue su primera novela en catalán, traducida por ella misma en 2016, y un libro de relatos en catalán, Vida familiar (2017), ganador del Premi Mercè Rodoreda 2016 de cuentos y narraciones. Colabora con Jot Down y El Periódico. Su obra ha sido traducida al italiano y al polaco.

Por lo menos esta noche no duermo sola, que a veces me da un poco de miedo, pero ha venido Felicidad y estamos juntas, eso le he dicho, al menos estamos juntas, y además que Enriqueta no es tan mala como ella se cree, es un poco rara pero no mala, a veces la gente no sabe diferenciar, les pasa a muchos. Cuando le digo que a mí me ha tratado bien todo este tiempo, no me cree, claro que es difícil que Enriqueta te caiga bien de buenas a primeras, porque en cuanto Felicidad ha llegado a casa, llorando y de malas maneras, Enriqueta tirando de ella, enseguida le ha rapado el pelo y le ha cambiado la ropa que llevaba, muy bonita, por una vieja y sucia, para que no se note que no es pobre, porque si Enriqueta pide comida o dinero y va con una niña como Felicidad, no nos dan nada. Por eso yo no me quejo de la ropa que llevo, que está todavía más sucia que la de Felicidad porque la he usado, no me quejo, ni hablar, ni de los zapatos, que se me han roto de tan pequeños que me van. Si se porta un poco mal, la mamá le da unos pellizcos en los brazos y le advierte que hasta que no le desaparezcan las marcas, no sale a la calle. Si sigue gritando y desobedeciendo, más pellizcos y más tiempo aquí encerrada, y me da pena, porque a la mamá le gusta tener las puertas y las ventanas cerradas, y no ves la luz del sol, así que no sabes nunca cuándo es de noche y cuándo de día, bueno, sí que lo sabes, porque al menos cuando es de día por las contraventanas se filtra un rayito de luz y por ahí se ven las motas de polvo volando, aunque yo digo que son mágicos porque Felicidad me da pena.

La primera noche la pasamos en la misma cama con la mamá, y Felicidad en el medio no por nada, para que no pudiera escaparse, y las tres nos abrazamos y Enriqueta le decía no tengas miedo, porque a veces habla con una voz dulce, que aunque tiene una boca muy fea, la voz es bonita y, si estás muy nerviosa, te calma, al menos a mí, claro que yo no cuento, porque me parece que soy su hija, aunque tampoco estoy tan segura. Cuando salimos a nuestra calle, que es la calle Poniente y que no es muy tranquila que digamos, yo camino a paso lento y le digo a la mamá que tengo hambre, Enriqueta me dice que debo decírselo aunque no sienta hambre, para que la gente vea que tiene una hija, la pobre, desnutrida, pero no es ninguna mentira, porque yo siempre tengo hambre, y sobre todo por la mañana, después de toda la noche sin probar bocado, y que a veces nos vamos a dormir sin tener nada que cenar, por eso estamos así de flacas, aunque no nos gusta quejarnos, solo cuando vamos a mendigar.

Desde que la niña Felicidad está en casa estoy un poco más contenta, y en la calle me esfuerzo más de lo habitual para que nos den más comida, porque ahora somos tres bocas y no dos, así que me lo tomo muy en serio, es como si fuera nuestro trabajo, y a veces me da por llorar para que nos hagan más caso, pero la mamá se avergüenza y me dice que yo, de mayor, le daré una fortuna, porque otra cosa no, pero a fingir no me gana nadie. Si Felicidad pudiera aprender rápido de mí, la mamá y yo estaríamos felices por fin, y yo creo que por eso le ha puesto ese nombre, Felicidad, porque por lo triste que está siempre nadie lo diría. En la calle ya han empezado a preguntarse dónde está la niña secuestrada, y yo ya sé que es mi nueva hermana, pero no le pregunto a la mamá porque cuando le pregunto, se enfada, y pellizca muy fuerte, no quiero quedarme en casa sin ver la luz del día, y los carros por aquí y por allá, en el barrio, con lo que me gusta a mí la calle Poniente, que al entrar ya me da alegría solo de saber que tengo una casa, porque la mamá dice que lo más importante es tener la certeza de una casa, y que ella ha tenido muchas, y ya lo sé, porque el avi también me lo cuenta, aunque más bien no cuenta nada, está siempre callado y se hace el enfermo, hasta se ha ido al hospital, pero yo sé que no le pasa nada, y preguntas no hago ni una, para qué.

La mamá se ha desesperado de oír a la niña Felicidad llorando, aunque no es que llore, gime como un cachorro, pero todo el día, sin parar, y la verdad es que cansa un poco, pero la pobre está asustada, empieza a gimotear y la mamá se desespera y le da pellizcos, entonces es cuando Felicidad berrea que da gusto, se le deben de hinchar bien los pulmones, se nota que está sana, y ya desesperada la mamá nos ha abierto un poco la ventana y durante unos minutos se ha callado y hemos podido disfrutar del silencio, que lo echábamos de menos. Hemos mirado un poco por la ventana, contentas, yo le daba la mano a Felicidad para que estuviera tranquila, y la mano le sudaba un poco, pero no me ha importado. De pronto, Enriqueta ha cerrado la ventana de un golpe, porque la vecina se ha asomado un momento y nos ha visto y eso es malo, sobre todo porque no es una vecina cualquiera, es la Claudina, que le gusta mucho hablar, casi tanto como a mí, dice la mamá, pero a mí no me molesta que me diga esas cosas. Durante un rato Felicidad se ha quedado callada, yo creo que porque se ha asustado al ver a Claudina, con la cara que ha puesto, y después con la mamá cerrando la ventana de esas maneras, ella, que parece saber en todo momento qué está pasando, por un momento estaba un poco angustiada. Después nos ha dado un poco de comida, carne, que ha recogido del Liceo Políglota, allí a veces nos dan lo que sobra, y cuando hemos terminado, la mamá ha guardado los huesos, como siempre, y los ha puesto dentro de un pañuelo, bien puestos, y los ha guardado donde los guarde, que nunca me lo ha dicho.

Yo sabía que la Claudina era estúpida, pero no sabía que tanto. Cuando la casa se llenó de gente, lo primero que pensé fue que Felicidad se iba a asustar mucho, después de pasar algunos días sin ver a nadie, y me fui corriendo a buscarla y le di la mano, porque me parecía que cuando le daba la mano se quedaba un poco más tranquila, y sí, estuvo un buen rato mirando a todas partes, sobre todo miraba a la mamá, y yo le acariciaba la mano con el pulgar, ¿sabes?, cuando tienes a alguien cogido de la mano pero no te basta con eso, además quieres acariciarle para demostrarle algo, y eso es lo que a mí me pasaba con la niña Felicidad, aunque sabía que quedaba poco, que nos separarían, y estaba yo un poco despistada, acariciando la mano, cuando de pronto oigo que dicen ¡Teresita!, y que la niña Felicidad se gira y se echa a llorar, pero esta vez no lloraba como los últimos días, parecía que estaba aliviada, y me di cuenta de que nos estábamos portando mal, la mamá y yo, y que por portarnos mal ahora nos iban a separar también a nosotras.

Felicidad por una parte, la mamá por otra, y yo por otra. De repente me había quedado sola con un montón de extraños, pero no me importaba porque me trataban bien, y hasta diría que me trataban mejor que Enriqueta, pero yo a la mamá siempre la he querido, desde el principio, aunque no me acuerdo mucho, pero ella me cuenta que sí, que siempre la he querido, y no me extraña, si la gente conociera de verdad a la mamá, todo el mundo la querría, aunque sea un poco rara. Cuando más la quiero es cuando se pone el cojín en la barriga y yo se la acaricio con cariño, y ella se queda bien calmada, porque por un rato jugamos a que está embarazada y me va a dar una hermanita, o un hermanito, depende, y durante algunas horas jugamos a eso, y es cuando más nos queremos, la mamá y yo, si es un niño, se llamará Alejandro, y si es una niña, Felicidad, aunque después de que Felicidad se haya ido llorando aliviada, a lo mejor tendremos que cambiarle el nombre, pero no lo sé todavía, la mamá decidirá. Me iba a poner a llorar, pero enseguida me di cuenta de que no tenía motivo para llorar, y podría haberlo fingido porque de mayor haré una fortuna con la interpretación tan buena que hago, pero al final no lloré, porque cuando lloro se me pone la cara muy sucia, y no me gusta.

Ahora los nuevos papás se llaman Macaria y Francisco, aunque yo siempre había creído que la mamá era mi madre, y que Salvador era mi padre, aunque él me decía que no, pero acariciándome la cabeza, con lástima, y eso solo lo haría un padre, a mí no me engañan. Mientras Enriqueta está con unos señores, que no son señores, ya lo sé, que son policías, no me engañan, me han dicho que me voy a quedar con ellos, no me han dicho que vayan a ser mis padres de momento, así que a lo mejor la mamá y yo podremos volver a la calle Poniente, con lo que me gusta a mí nuestra calle, aunque la casa no sea muy bonita y siempre esté a oscuras, qué más me dará.

Me han estado haciendo preguntas sobre la mamá, y yo quiero ir con mucho cuidado, porque a lo mejor digo algo que no debo y después me da algún que otro pellizco en los brazos, así que digo lo que me parece, y Macaria me dice que tengo que ser más buenita, que si no soy buenita, verás, y le digo qué veré, y me dice que me iré al infierno, pero luego me pide perdón, con lo que ha pasado esta niña, dice. Todos me llaman Angelita porque es lo que les he dicho, que me llamen Angelita, algunos me dicen Ángeles o María Ángeles, pero les he dicho que no, que nunca me he llamado otra cosa que niña Angelita, y me preguntan que si la mamá ha robado a más niños, supongo que se refiere a Felicidad, o Teresita, como se llame, y yo digo que bueno, que a veces viene Juanito, y se miran entre ellos, aunque me parece que la mamá no ha robado a nadie. Felicidad estaba en la calle sola y le dijimos que si quería venir con nosotras, y me dio la mano y nos fuimos, yo creo que eso no es robar, es lo que a mí me parece, y a Juanito tampoco lo hemos robado, no hemos robado a nadie, y yo tampoco he sido robada. A veces vamos todos juntos a pedir, porque si somos más, creen que la mamá tiene muchos hijos desnutridos, y en una de estas nos dan una cartilla de pobreza. Más adelante ya les diré lo de Juanita y Pepito, que todos vamos juntos y le decimos a la mamá que tenemos hambre, y además es verdad, no es ninguna mentira que tengamos hambre, qué se han creído. Después ya me han dejado, porque decían que estaba fatigada, y qué va, ahora que me dan comida y duermo en una buena cama qué voy a estar fatigada.

Cuando les he dicho que la dida me cuidó al principio, se han sorprendido. ¿Entonces Enriqueta no es tu madre?, me han preguntado. Me he puesto a llorar, fingiendo, para que vean que si empiezan así, no voy a colaborar con ellos, que es lo que me dicen que haga, tienes que colaborar, Angelita, y bueno, colaboro si ellos se portan bien. Que estuviera con la dida no significa nada, significa que me cuidó al principio, pero después la mamá vino a buscarme a la casa de Anastasia, que me cuidaba muy bien, me gustaba estar con ella, y al principio a lo mejor la echaba un poco de menos y me ponía así de tonta como se ponía Felicidad, y lloraba mucho, pero después se me pasó porque me di cuenta de que la mamá me quería, me quería mucho, y soñábamos con que algún día me daría una hermanita, y se me pasaba la añoranza. Me han dicho que a lo mejor tendré que ver a Anastasia, y que tendré que hablar con ella, y al principio he dicho que no, porque eso sí que no me lo esperaba, a lo mejor la mamá se pone triste, pero después lo he pensado mejor y me gustaría ver a la dida, porque ya casi no me acuerdo de su casa, la única cara que se me ha quedado grabada es la de la mamá, y de momento también he grabado la cara de Felicidad, por si volvemos a ser hermanas, aunque me parece que no. Mientras espero a que me digan lo que van a hacer conmigo, ya me doy cuenta de que las cosas no van muy bien para la mamá, que por lo visto está en la cárcel, y se les ha complicado todo, incluso al avi, que es un poco raro también, pero no es malo, aunque la mamá es más buena que él.

Como no me lo han preguntado, todavía no les he contado que la mamá a veces pierde sangre, y que se pone muy mala y no podemos ir a mendigar, así que nos quedamos unos días sin comer hasta que viene Salvador, que con ese nombre, como dice la mamá, qué va a hacer sino salvarnos, y nos trae un poco de comida, porque sin comida la mamá no se recupera de sus sangres. A mí me da pena y le pregunto si se va a morir, y dice mala hierba nunca muere. Así que cuando volvemos a salir a la calle Poniente, salgo sonriendo y con muchas ganas de saltar, pero me acuerdo de que tengo que hacerme pasar por una mendiga, así que me aguanto las ganas de saltar y de sonreír, y le digo a la mamá que tengo hambre, y Enriqueta dice, ya lo sé, filleta, ya lo sé, que tienes hambre, cómo no vas a tener hambre, si ya no me acuerdo de la última vez que pude darte algo de comer. A veces es verdad, pero a veces no lo es.

Me dice Macaria, la otra noche, niña Angelita, ¿no sabrás si la mamá guardaba huesos en alguna parte?, y como ve que no quiero responderle, me dice: la mamá le ha dicho a unos señores que sí. Pero es una trampa. No le pienso decir nada, tampoco se lo conté todo a Felicidad, y eso que a veces la mamá se iba unas cuantas horas y nos dejaba solas y entonces le podría haber contado todo, cualquier cosa, lo que se me ocurriera, porque nadie nos vigilaba, pero no le dije nada ni de huesos ni de nada, porque si ya se ponía nerviosa sin saberlo, imagínate. Cuando Enriqueta se iba y nos dejaba solas, nos lo pasábamos bien. Somos amigas, ¿no?, y Felicidad decía que sí y me preguntaba que cuándo podría ver a su madre, mi mamá de verdad, decía, pero me daba pena que dijera eso, porque la pobre Enriqueta cómo se iba a sentir si lo oyera.

He visto el periódico de hoy y dicen que han entrado a robar en nuestra casa, y ya me extraña, porque no tenemos muchas cosas que robar. A quién se le ocurre ir a robar a la calle Poniente, con la de calles que hay por ahí en Barcelona, en otros sitios, con mucho más dinero y cosas más bonitas. En cuanto me ha visto Francisco con el periódico, me lo ha quitado. A lo mejor se creía que no sabía leer, como dicen que la mamá es una bruta…, pero qué va, Enriqueta me enseñó a leer, no de corrido, y a veces voy muy lenta, pero sé leer, y sobre todo los periódicos, porque tienen esos títulos tan grandes, y van con fotos, que más o menos ya con eso me puedo hacer una idea. No sé por qué hablan de Enriqueta así, me parece que se equivocan, no saben que es más buena de lo que se piensan, aunque eso no significa que sea la más buena de todas. Yo tampoco es que sea la más buena, no pasa nada, a veces no se puede ser buena todo el tiempo. Por ejemplo, fui yo quien le dijo a Felicidad que si quería venir a jugar conmigo, yo ya sabía más o menos que no estaba siendo buena del todo, pero después tenía una hermana, si hay que ser un poco mala de vez en cuando, pues tampoco creo que pase nada. Me da un poco de pena que la mamá esté en la cárcel, porque yo creo que allí, si tiene una de sus sangres, no la van a cuidar muy bien, y si no se cuida y no come bien, tarda muchos días en recuperarse. Y también me da un poco de pena porque a mí me han comprado ropa buena, unos zapatos de mi talla, y hasta tengo juguetes, y me parece que a Enriqueta no la están cuidando tan bien como a mí, y eso que lo de Felicidad lo hicimos juntas, a lo mejor le tendría que haber dicho que no, que no la iba a ayudar. Aunque la culpa no es nuestra, sino de la Claudina, que ya sabía yo que al final se iría de la lengua, por eso la mamá cerró la ventana rápidamente, pero llegó tarde.

La gente en la calle habla sin saber, porque dicen que la mamá roba a los niños y los mata, y si fuera verdad, cómo puede ser que Felicidad y yo estemos vivas, y que no veamos ni a Juanita ni a Juanito ni a Pepito no significa nada, y si me lo preguntan los señores uniformados, se lo diré muy bien dicho, sin hacer teatro, aunque se me dé bien.

Me dicen: ¿tú sabías que la mamá había tenido un hijito antes? Me lo preguntan con cuidado y dicen la mamá aunque a veces la llaman la vampira, o la secuestradora, pero cuando hablan conmigo son más cuidadosos, dicen la mamá, y claro que lo sé, que tuvo un hijo que se llamaba Alejandro Pujaló Martí, yo lo sé casi todo de la mamá, y también sé que se murió, pero lo que no sé es dónde está enterrado, porque Enriqueta no contaba algunas cosas, ni yo las preguntaba. Me preguntaron, también, si los huesos que habían encontrado eran de algún niño, y yo dije que no, y ellos me preguntaron si estaba segura, y yo dije que lo estaba, y ellos me dijeron que las niñas que dicen mentiras van al infierno, y yo dije que ya lo sabía, y ellos dijeron que si la mamá había hecho las cosas que creían que había hecho, y yo lo sabía y no les decía nada, yo también iría a la cárcel, y dije que ya lo sabía aunque aquello la verdad es que no lo sabía, y ellos insistieron y al final me vino a buscar Macaria, que por si no lo he dicho es la nueva madre que me han dado, y es la conserje de la Ciudad de la Justicia, que es un lugar que no me gusta, porque allí deciden quién es bueno y quién es malo, y a la vista está que se equivocan, porque la mamá está en la cárcel y tanta gente mala, por la calle, y de gente mala yo sé mucho, porque en la calle Poniente veo muchas cosas, y las cosas que no he visto, me las ha contado Enriqueta, como por ejemplo de la época en que vivía en otra casa y hacía de mala dona, que no sé muy bien qué quiere decir, pero ya lo dice la propia palabra, era mala, una mujer mala, aunque no me la imagino siendo muy, muy mala. Le gustaba estar con hombres y también le gustaba que otras mujeres estuvieran con hombres, pero me contó que todo lo hacía por el dinero, porque tener la certeza de una casa pero no poder pagarla no sirve de nada. Así que el avi tenía que ayudarla muchas veces, y por causa de muchos malentendidos y por la pura pobreza, Joan y Enriqueta echaron a perder sus vidas, y además se les murió un hijo, que es una cosa del todo triste, me lo puedo imaginar aunque no tenga hijos.

Me he quedado pensando en lo que dicen, porque me extraña que crean que la mamá ha matado a los niños, si yo creo que los huesos y las cosas que guarda son de animales, de la comida que recogemos, y me parece que lo hace porque por los huesos hay gente que da dinero, y eso es lo único que queremos. Si le preguntan a la mamá de dónde salen los huesos, seguro que les dice la verdad, no entiendo por qué ahora les ha dado por creer que mata a los niños. Con Felicidad a lo mejor no hicimos bien las cosas, y cortarle el pelo y darle pellizcos no estuvo bien, pero nunca quisimos matarla, al menos yo no quería matar a la niña Felicidad, cómo la iba a matar, si era mi hermana. En cambio a María, la cuñada de la mamá, sí me daban ganas de matarla, porque a veces venía de visita, decía que era la tía María, pero no me engañaba, me miraba diferente y no me gustaba. Siempre andaba peleándose con Enriqueta, diciéndole que tendría que haberme dejado con la dida, que aquel no era el plan, pero la dida valía mucho dinero, y además la mamá quería estar conmigo, y eso sé que es verdad porque lo noto. Ella quién es para meterse donde no la llaman, así que no le doy un beso cuando se va, la mamá no me pide nunca que le dé un beso, y casi nunca me los da ella, salvo cuando jugamos a que está embarazada, y yo siempre me imagino que el padre es Salvador, y que viene a recoger al niño para llevárselo a pasear, y cuando vuelve, no se va, como hace siempre, sino que se queda y vivimos aquí los cuatro. Eso es lo que me gustaría, que se parece bastante a lo que tengo ahora con Francisco y Macaria, pero me parece que echo un poco de menos a la mamá.

De vez en cuando me hacen ir con ellos a la Ciudad de la Justicia y allí me preguntan cómo estoy, si me tratan bien, cómo duermo y como, si me gusta la ropa que me compran, si juego mucho con mis juguetes y, cuando ya se han cansado de preguntarme todas las cosas que se pueden preguntar, vuelven a lo mismo, a preguntarme por qué la mamá pellizcaba a Teresita, y yo les pregunto quién es Teresita porque lo que quiero es que la llamen Felicidad. Les tengo que decir la verdad, y es que Felicidad se ponía un poco nerviosa y no dejaba de gritar y lloriquear como una niña pequeña, así que la mamá le pellizcaba para que se callara, y un poco lo conseguía, por miedo a lo mejor, pero Felicidad se quedaba tranquila un rato, mirándose el brazo, y a veces se pasaba la mano por la cabeza porque yo creo que no se acababa de acostumbrar a tener el pelo así, rapado. Ayer fui con ellos a que me hicieran preguntas, y cuando salí de la habitación, me encontré con Felicidad y corrí hacia ella para saludarla, y nos dimos la mano para recordar viejos tiempos y le dije ¿te llamas Teresita?, y me dijo que sí, y me preguntó ¿y tú ya sabes cómo te llamabas antes de que la mamá te llamara Angelita?, y le dije que yo siempre me había llamado Angelita, y como mucho la niña Angelita, que es como se referían a mí algunos adultos. Después se fue y su madre me miró mal, como si yo tuviera la culpa de todo, y solo la tengo de algunas cosas, que le quede claro.

Han venido un padre y una madre que perdieron a su hija, se la robaron un día en la calle, porque se había quedado sola un momento, y han creído que era yo. Han venido a verme desde lejos, para llevarme con ellos, y cuando han llegado se han dado cuenta de que no soy la hija que perdieron, primero porque la hija era rubia y yo no lo soy, y segundo porque soy hija de la mamá, ella me lo dijo, que me vino a buscar a la dida porque quería estar conmigo y hacerme de madre. No paran de presentarse padres y madres porque creen que sus hijos estaban con la mamá y conmigo, pero eso no es cierto, la única niña que estuvo con nosotros en la casa de la calle Poniente fue Felicidad, y por más que lo digo no se lo creen. No me habría importado irme con aquellos padres, porque me parece que ya se habían convencido de que yo era su hija perdida, y me da pena que haya hijas perdidas y tantos padres sin hijos, pero si la mamá los hubiera matado yo lo sabría, porque vivíamos juntas, y los huesos y las grasas y la sangre ya me dijo que no eran nada malo, y por qué me iba a engañar la mamá, si yo le he guardado siempre sus secretos, y los del avi, cuando me he enterado de alguno, y hasta los de Joan, que no me cae muy bien porque siempre discute con la mamá y hasta le pega. El único que nos trata bien es Salvador, pero me parece que también se ha ido a la cárcel, toda la gente que conozco está en la cárcel, hasta la pesada de María, que no es mi tía, eso seguro, que se lo quite de la cabeza, por más que nos parezcamos, y sí, yo también me he dado cuenta de que nos parecemos, pero eso no tiene importancia, porque la mamá es quien me ha enseñado las cosas que tengo que saber de la vida, que son muchas y muy variadas.

Ahora estoy en el Asilo del Buen Pastor. Creí que me quedaría con Macaria y Francisco, y con sus hijas, que después de que Felicidad no quisiera quedarse con la mamá y conmigo es lo más parecido a unas hermanas que he tenido. Pero me trajeron aquí, y me dijeron que solo me quedaría unas pocas horas, aunque yo ya me temía lo peor, que me dejaran aquí por no tener una madre que no esté en la cárcel. Estoy con una niña a la que han atropellado, y estamos las dos un poco tristes, sobre todo yo, porque al menos antes me hacían preguntas, pero parece que ahora ya no le importa a nadie cómo vivíamos y de qué eran los huesos y por qué la mamá pellizcaba a la niña Felicidad. Tantas preguntas que me hacían y ya no me hacen más. Enriqueta aún debe de estar en la cárcel, porque de no ser así, vendría a buscarme, eso desde luego, no tengo ninguna duda, y seguro que está muy enferma, porque no la cuidarán bien allí, y con sus sangres y sus dolores, seguro que no está muy contenta.

La que mejor ha salido parada es la Teresita, aunque no me acostumbro a llamarla así, que hasta dicen que van a hacer una película de su vida, de cuando estuvo con Enriqueta, escondida, sin que sus padres lo supieran. Ahora mismo mis padres tampoco saben dónde estoy, y no veo por qué tendrían que hacer una película sobre mí. Yo, en cambio, sí sé dónde están ellos, en la cárcel, y si al menos estuvieran juntos en la misma celda, a lo mejor me quedaba más tranquila, porque el papá Salvador siempre ha sido muy bueno con nosotras, ya lo he dicho, el único que ha sido bueno de verdad. Si ahora pudiera hablar un momento con la mamá, le preguntaría por qué no dice la verdad para que la dejen en paz, y nos volvemos a nuestra calle Poniente, que anda que no la echo de menos.

Ahora ya lo sé, que la mamá se ha muerto. Me lo han dicho, o lo he leído, o a lo mejor lo ha leído la niña Aurora, la que atropellaron y luego el conductor se dio a la fuga. No me acuerdo bien de cómo me he enterado, pero desde que lo sé me siento así, que le tengo que contar a todo el mundo cómo era la mamá, pero ya no hay nadie que me pregunte cosas sobre ella, y hasta los periódicos han dejado de hablar de ella, ya no le interesamos a nadie. Claro, ahora que estoy en el asilo este, ya a nadie le hacen gracia las cosas que hace la niña Angelita, porque antes bien que se reían si yo hacía un poco de comedia, luego se desesperaban un poco, pero al principio se reían y a mí me gustaba. Decía las cosas que me gustaba decir, y me preguntaban si había comido lengua, y no sabía si lo decían con mala intención, porque como siempre estaban diciendo que la mamá era una asesina de niños, a lo mejor la broma de la lengua no la estaba entendiendo.

He preguntado si Enriqueta ha muerto por la sangre y me han dicho que sí, que estaba enferma, pero que no me quieren contar nada más porque ahora lo que tengo que hacer es olvidarme de todo, empezar de cero, y lo dicen como si el tiempo que he vivido con la mamá fuera malo, como si no me hubiera querido ella, y yo ya sé que sí, aunque no se lo crean. En el asilo no es que esté mal, pero me gustaba más ir por la calle, aunque tuviera más hambre y los zapatos rotos, me gustaba porque íbamos por ahí y era una aventura, y a veces hasta ponía aquella voz dulce, y la boca ya sé que era un poco fea, y toda ella era bastante fea, la pobre, pero yo le había dicho que le haría una fortuna cuando me hiciera mayor, y que no tendríamos que ir a mendigar nunca más, ya no necesitaríamos el racionamiento de los pobres, porque yo se lo daría todo, igual que ella me lo había dado a mí.

Cuando me preguntan los niños de aquí si es verdad que me raptó, les digo que sí, pero por decir algo, porque si no, es que no hay mucho que hacer por aquí, es un aburrimiento, ya no sé qué más cosas inventarme, pero ahora que la mamá se ha muerto, y que seguro que no ha sido muy feliz en la cárcel con sus dolores y aquellos paños que debía ponerse para no ensuciarlo todo con su sangre, ahora que se ha muerto voy a tener que empezar a decir la verdad, que no me raptó, que me vino a buscar donde la dida, y que aunque a ella no me parecía mucho, por no decir nada, al menos me daba una casa y, cuando podía, algo de comida.

Yo sé que cuando le dijimos a Felicidad que viniera con nosotras, la mamá lo pasó mal, porque la veía sufrir cuando la niña lloraba de aquella manera. Y le daba pellizcos porque así se desahogaba, aunque aquí me dicen que no la disculpe, porque en el asilo lo que quieren es que me ponga bien, dicen, sin que me hayan preguntado si estoy mal. La niña Aurora algunas noches llora pero no me quiere decir por qué. Me pregunta si no me daba miedo vivir con la vampira y le digo que de vampira no tenía nada, y que además aquella sangre no era ninguna tontería, yo ya sabía que se moriría por eso, y me parece que Salvador también lo sabía y por eso nos trataba bien, la cuidaba, aunque no se casó nunca con ella, ni se quedó a vivir con nosotros. Si me pongo la almohada en la barriga para acordarme de la mamá, siempre viene alguien a quitármela y me manda a acostar, me dan unos brebajes para que me quede tranquila y duermo hasta el día siguiente, pero no es nada malo, ponerse la almohada en la barriga no tiene nada de malo, la mamá lo hacía porque estaba triste por el niño Alejandro, que se había muerto porque tenía hambre, el pobre, y yo creo que cuando salíamos a pedir comida, la mamá pensaba en aquel niño y por eso seguía buscando comida siempre, aunque el avi bien nos podría haber dado algo de dinero para comprar algo, pero ella seguía buscando.

Ni me hacen más preguntas los de la Justicia, ni me preguntan más los niños de aquí por la vampira, ahora que ya está muerta nadie tiene miedo de ella, pero no se dan cuenta de que la gente mala sigue por la calle, no solo por la calle Poniente. En el periódico de hoy dicen que se ha hundido un barco. Ahora que todo el mundo habla del Titanic, ya sí que se han olvidado de mí y de la mamá para siempre.

© Jenn Díaz, 2017