portada.jpg

PRESENTACIÓN DE LA BIBLIOTECA DEL EDITOR

Durante los últimos años el fenómeno de la comunicación ha llamado poderosamente la atención de la más diversa gama de especialistas. A los tratados de poética se suman ahora los de cibernética y, de hecho, no hay área de conocimiento desinteresada en ese fenómeno o ajena a él. Sin embargo, aún en la generación de las más elaboradas innovaciones tecnológicas de la comunicación, el libro prevalece como instrumento sustancial del progreso multidimensional del hombre y, en más de un caso, como medio y fin de ese avance.

No es para menos. El libro crea una situación ideal de diálogo. Escritor y lector comparten esa vital experiencia. El libro es conocimiento. Es reciprocidad, posibilidad de libre y fundamental intercambio.

Así, si el libro implica esa doble dimensión, la del conocimiento y la de la reciprocidad, las cuestiones que conciernen a su diseño, producción, divulgación y adquisición imponen una urgente deliberación social para defenderlo y promoverlo como fundamento de convivencia y progreso social e intelectual.

Ámbito natural de la creación y recreación del libro es el universitario. Por ello, a partir de 1987 se inició la publicación de la Biblioteca del Editor, colec­ción en la que los escritores, editores, impresores, libreros, bibliófilos y lecto­res, así como toda persona vinculada con ese medio secular de transmisión y diálogo de ideas e imágenes, encuentran foro para dar libre cauce a sus experiencias en los diversos campos de la actividad editorial.

La Biblioteca del Editor se integra con textos relacionados con la cultura del libro, desde la historia del lenguaje escrito, hasta los múltiples pasos que conforman el proceso de su diseño, elaboración y difusión y, desde luego, el fenómeno mismo de su lectura. Temas estos enfocados desde la óptica histórica, filosófica, política, científica, técnica y social. Los diversos títulos que se incorporan a esta colección tienen como propósito crear un espacio de reflexión y renovación de y para toda aquella persona interesada en el desarrollo y enriquecimiento de la cultura escrita.

La defensa activa del libro como tarea cultural decisiva y como base de una sociedad que dialogue y se reconozca más a sí misma, es un valor fundamental con el cual la Biblioteca del Editor se encuentra comprometida.

A la memoria de José Vasconcelos,
cuyo amor
al libro y a las bibliotecas
—base de toda cultura— no tiene par.

PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

El libro, el medio más eficaz de transmisión del pensamiento, del saber, como toda obra del hombre posee su peculiar historia. Tiene su origen insertado en las principales culturas del mundo y tiene su desarrollo, seguro, vertiginoso y efectivo en los siglos de más amplia expansión cultural, de más vasto desarrollo del mundo occidental. Como la rueda sigue cumpliendo una función que apoyan desarrollos tecnológicos muy estimables pero que no le quitan su validez, sino que en él se apoyan, con él se cobijan.

A manera de explicaciones breves y claras y también ciertas, y motivado por el “eros pedagógico”, escribí con base en una estructura racional, las lec­ciones que componen esta obra, consagrada a mostrar la aparición del libro en nuestro suelo. Y tendría que decir, el ingreso de una nueva forma del libro dentro de nuestra ancestral cultura, pues los pueblos precolombinos tuvieron en sus códices formas de libros reveladores de distinta tecnología y diferente expresión del saber, de las ideas, pero en suma continentes de pensamiento, de conocimientos variados y ricos.

Dejando a un lado la ignorancia y desestimación que se hizo de los códices, por su contenido religioso, es indudable que ellos, como nuestros libros, contenían ricos y diversos elementos de cultura. Los portadores de la cultura occidental aportaron con los libros nuevas formas de transmitir las ideas, el conocimiento e introdujeron para su elaboración nuevas técnicas, materiales e instrumentos, y también nuevo sentido a su difusión, a su uso. El alfabeto, la letra impresa, maravillosos aportes civilizadores, ingresaron a nuestro mundo, y con su singular y radical eficacia sirvieron para incorporar al indiano mundo a los esplendores de la cultura europea.

Si en las tierras mexicanas el libro aportó la fe, el conocimiento de la religión cristiana, también aportó los efectos del razonamiento filosófico, del teológico, del jurídico, y nos trajo los mejores frutos de la lírica europea que hicieron inteligible y placentera la vida.

Este raciocinio es el que motivó las reflexiones y lecciones que tratan de mostrar cuál ha sido el efecto que los libros han producido en nuestro desarrollo histórico, principalmente en el cultural.

Con su contenido breve tratamos de explicar el gran valor que los libros han tenido en nuestra formación, en la creación de nuestra identidad, que no sólo dan origen, raza e historia compartida, sino fundamentalmente un pensamiento común, una ideología que nos identifica en medio de recias diferencias. Y eso ha sido provocado por el pensamiento que subyace en los libros.

Estoy convencido que ya casi por finalizar el siglo, es necesario ocuparse de él, mostrar y valorar el papel que el libro, los diarios y revistas, en fin la letra impresa ha tenido y sigue teniendo. Los cambios sustanciales que el desarrollo tecnológico impone, las formas económicas que en ocasiones traban y aún destruyen las iniciativas particulares, imponiendo complicados sistemas de producción y mercantilización de los libros, han modificado el desarrollo de los libros, su elaboración, edición y circulación. Esto lo tenemos que mostrar y por ello me hallo empeñado en ese trabajo que tendrá que renovar o acrecentar lo que se sabe.

En tanto, ante la demanda de más ejemplares que expliquen los aspectos fundamentales de la historia del libro, va esta nueva edición que nos gratifica, por cuanto revela que estas lecciones aún se leen, se reflexiona sobre ellas y sirven para tener en mente las nociones relacionadas con la génesis y desarrollo de ese enorme instrumento de saber que es el libro.

Este nuevo esfuerzo de nuestra universidad por ofrecer a estudiantes, maestros y a un grupo de lectores ávidos por tener instrumentos de trabajo, breviarios del conocimiento que hay que poseer para penetrar en el mundo que concierne a los libros, en la explicación de su contenido, de su elaboración y manejo, es el que nos anima a que esta obra siga circulando, siga siendo de utilidad no a los sabios eruditos, sino a este inmenso número de inquietos estudiosos, interesados en conocer mejor vida y obra de ese maravilloso invento humano que es el libro.

El Olivar, en ciclónica entrada del invierno de 1998.

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

Hace dos años, en apoyo a la Biblioteca del Editor apareció esta Breve historia del libro en México, la cual cubre dos aspectos esenciales que deben señalarse para comprender su pleno sentido.

El primero consiste en presentar con la mayor brevedad y claridad posible una larga historia acaecida en cuatro siglos y medio, sin fatigar al lector con abundantes fechas, amplias noticias de imprentas, autores y editores, de vastas listas de los libros impresos, de la aparición de los periódicos publicitarios y órganos del gobierno; esto es, una serie de elementos fundamentales en la historia del libro, los cuales, pese a su utilidad, no deberían estorbar la comprensión del texto central, de su idea fundamental.

Por ello se pensó colocar todo ese material ordenado temática y cronológicamente en diversos apartados, apéndices o anexos, a los cuales pudiera acudir el lector para ampliar y aclarar sus conocimientos sin detrimento de la lectura principal, cuya finalidad ideológico-cultural podría prescindir de aquellos elementos. Ya volveremos a este punto.

El otro aspecto esencial de esta obra consistió en presentar el desarrollo del tema, no en relación con la sucesión de impresores que trabajaron en Nueva España desde 1539, lo cual pasaba a formar parte de los apéndices, sino en ofrecer la historia de las ideas y finalidades que tuvieron los libros editados desde esa fecha; es decir, revelar cómo la confección e impresión de los libros en México obedeció a normas de una política cultural que tuvieron los directores civiles y eclesiásticos de la sociedad “mexicana”, que se empezó a conformar desde esos lejanos años.

Los libros, portadores de ideas, del pensamiento que normaba la civilización occidental, fueron estimados como los mejores y más adecuados instrumentos para conformar la mentalidad de la sociedad novohispana. Esa dual sociedad, más la parte indígena que la europea, que se suponía poseía la ideología del Viejo Mundo, tenía que formarse dentro de los cánones e ideales de la cristiandad, aceptar y acatar las instituciones religiosas, políticas, jurídicas, económicas y sociales aportadas por Europa.

También dentro de una amplitud de miras y afanes políticos y culturales que hoy nos admira, se pensó en proporcionar a los miembros de la sociedad europea los medios más idóneos para que comprendieran el mundo cultural y espiritual de los indígenas. Había que darles la llave para que entraran en su cultura, en sus expresiones mentales y lingüísticas que configuraban su mundo. Y a los indígenas había que proporcionarles el medio, sin que perdieran sus múltiples formas de expresión, para que conocieran el idioma de los conquistadores. De esta finalidad derivan los vocabularios, diccionarios, cartillas evangelizantes, etcétera, elaborados en múltiples lenguas indígenas.

Ya nos ocupamos, al presentar la Doctrina cristiana en lengua mexicana de fray Pedro de Gante del año de 1553, de señalar la finalidad esencial de esos instrumentos de evangelización y cultura; ahora sólo queremos insistir en que esos libros, que tienen un gran carácter normativo y enseñante, son el fruto de la enorme preocupación que se tuvo en el siglo xvi para comprender, a través de la más perfecta forma de expresión que es la lengua, la cultura de los indios, su pensamiento, y también de llevar a los naturales, por medio de la letra impresa, que fija y conserva el pensamiento, los mejores elementos de la cultura occidental.

La clasificación u ordenación que hacemos de los libros por la finalidad que tuvieron, no ofrece, y este fue nuestro propósito, demasiados ejemplos. No tratamos de elaborar una bibliografía, que las hay amplias y bien trabajadas, sino de abrir cauces que permitan entender las finalidades y medios que se tuvieron para la realización de una política cultural de enorme importancia y saber cuáles fueron sus frutos más selectos. En este aspecto, debo señalar cómo bajo mi gestión al frente de la Biblioteca Nacional se inició el importante catálogo debido a la maestra Irma Contreras: Bibliografía sobre la castellanización de los grupos indígenas de la República mexicana, siglos xvi al xx, México, unam, 1985. Más recientemente, publicado por la unam en 1989, ha aparecido el Tepuztlahcuilolli, impresos en náhuatl, de Ascensión Hernández de León-Portilla, que es un magnífico catálogo de las obras en náhuatl impresas durante la Colonia e inicios del México independiente.

Nuestra intención ha sido abrir este tipo de trabajos en los que se puedan apreciar los métodos más eficaces de la historia del pensamiento y de las ciencias del libro, como la bibliometría, la sociobibliografía y la bibliología en su más amplio sentido. Tratamos de escapar de las formas tradicionales de estudiar impresor por impresor y siglo por siglo. Por ello, en los apéndices, hemos reunido en forma concreta esa información. Las referencias bibliográficas, las más al día y operantes proporcionarán al lector inteligente y deseoso de aprender, información abundante que le permita ahondar en esta disciplina.

No ha sido un afán erudito el que nos ha llevado a integrar en este libro un capítulo titulado: Los libros, eclosión de cultura, y a incorporar en los anexos una cronología de las principales imprentas establecidas en Europa y en América, así como una breve lista de los más sobresalientes impresos aparecidos en el mundo desde la invención de la imprenta, sino la necesidad de exponer el desarrollo de la imprenta en México, dentro de su desarrollo universal y también mostrar qué libros fundamentales surgieron de diversas prensas y cuál fue el impacto que aquí nos dejaron. El libro que es expresión de ideas, lo es de las universales, no sólo de las originadas en México, las cuales están, quiérase o no, influidas por las de otras latitudes. Debemos tener una visión universal de este desarrollo y abandonar nuestras explicaciones parroquianas que limitan el saber y privan a nuestra actividad de la posibilidad de integrarse en un desarrollo universal y ser así debidamente valorado. Sólo incorporando nuestra producción cultural en general y la bibliográfica en particular, dentro de la producción mundial, es como la nuestra adquiere sentido y puede ser valorada debidamente. Existen obras surgidas de nuestras imprentas que, tanto por su contenido como por su forma, nada pueden envidiar a las aparecidas en otros horizontes.

Los periódicos, igualmente en nuestra historia tienen enorme importancia, pues son ventanas abiertas a otras latitudes, instrumentos eficacísimos de comu­nicación. Varios intentos se han hecho para formular una historia completa del periodismo mexicano, más todavía se requiere prestar a esa empresa mayor atención. Existen elementos que permitirían presentar un panorama vasto, pero aún carecemos de un trabajo sistemático que logre ofrecer no una simple nómina, sino un cuadro que revele las circunstancias económicas, políticas, sociales, culturales, etcétera, que han influido en el desarrollo de nuestra prensa periódica. Este es un trabajo de equipo, institucional, a realizarse gradualmente, y que anhelamos pronto cristalice.

La inclusión de un apartado consagrado a los periódicos oficiales lo estimamos necesario por cuanto el estudio de esas obras permitirá entender los diversos criterios que han operado en la formulación de una información que el Estado mexicano ha proporcionado.

Bajo otro ropaje y con modificaciones que estimamos oportunas, aparece nuevamente esta Breve historia del libro en México, al conmemorarse el 450 aniversario de la introducción de la imprenta en América, en la cual nuestro país fue el principal agraciado. Hechos como éste son los que justifican la incorporación de la cultura europea en nuestro suelo.

El Olivar, en borrascosos días de septiembre de 1989.

ADVERTENCIA

Oh preciosas alhajas de los libros, oh familia suave, virtuosa y bien acostumbrada, pues no hace ruido ni clamores, no es rapaz, robadora ni contumaz; mandados hablan y mandados también callan, siempre están prontos a obedecer a sus dueños, de los cuales en ningún tiempo oye más de lo que quiere y cuanto quiere; y porque nuestra memoria no sólo no es capaz de todas las cosas, pero ni aun de conservar pocas, y apenas basta para algunas particulares, mi concepto y censura es que se deben tener y conservar en lugar y en vez de memoria segunda, porque las letras y los libros son como una tienda y archivo de las cosas dignas de ser sabidas y conservadas en la memoria.

marco tulio cicerón

Esta obra, que dentro del programa consagrado a la difusión del libro presenta la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México, representa una serie de apuntamientos en torno del libro mexicano, de su origen, desarrollo e influencia, y son producto de la reflexión que el largo y continuo trato con libros y bibliotecas me ha permitido hacer. En ellos he volcado la experiencia acumulada desde hace varias décadas, cuando llevado de la mano de insignes bibliógrafos, me inicié en estas tareas.

He de recordar siempre con sincero reconocimiento la enseñanza, no sólo teórica, sino de trato directo y amoroso con el libro, recibida de Juan B. Iguiniz, Joaquín Díaz Mercado, Román Beltrán Martínez, María Teresa Chávez, Guadalupe Monroy Baigen y Luz García Núñez. La grata y cordial amistad de bibliófilos como Felipe Teixidor, Agustín Millares Carlo, Federico Gómez de Orozco, José Ignacio Mantecón y José Miguel Quintana. El trato franco y desinteresado con mis colegas Susana Uribe Ortiz, Manuel Carrera Stampa y Gustavo Pérez Trejo, me sirvió siempre para aprender, para convivir con ellos, habiendo sido el libro el lazo de unión más potente entre nosotros. A todos ellos dedico estas páginas.

La específica naturaleza, el carácter retraído propio del que se encierra en la lectura y goza y se complace en escuchar la voz que brota de cada hoja del libro, voz que impulsa la imaginación y la hace recrear situaciones y personajes diversos, con lo cual se vive una vida interior más intensa y se satisface espíritu e intelecto, me impulsó desde niño a amar al libro, a entregarle vigilias y descansos, a penetrar en él como un espíritu penetra al ser amado. Mucha de esa dedicación la debo a mi madre que la propició con alegría.

Ésta es la razón que motivó la preparación de esta obra, que es tan sólo breve iniciación al conocimiento del libro. Por ello, en breves páginas y a manera de ensayo, no de obra erudita, me ocupo de su aparición, de su desarrollo y de su influencia civilizadora. Enmarcado en su evolución universal, única forma de entender los aspectos locales, menciono la aparición de la imprenta en México y el progreso de la industria editorial mexicana, los esfuerzos realizados por nobilísimos tipógrafos durante tres siglos y el ritmo de aparición de los libros. Trato de mostrar cómo peculiares intereses políticos, religiosos y culturales propiciaron vasta labor, que por su magnitud y contenido ma­ravilla, y cómo esa labor tuvo sus altibajos, pese a los cuales la cultura mexicana se fortaleció, adquirió su propio carácter y cimentó nuestro sentimiento nacional.

Aparte de los textos de los diferentes capítulos que forman estos apuntamientos, he colocado en apéndices ciertas listas y nóminas que completan la información y aligeran de esa suerte la explicación general. Acompañan al texto ilustraciones que lo esclarecen, y amplia serie de obras de referencia acerca de este tema, en las cuales el estudioso encontrará rica información.

Agradezco al maestro Arturo Velázquez Jiménez y a sus valiosos colaboradores, el auxilio prestado en todo momento para la elaboración de esta obra.

El Olivar y Atotonilco, abril de 1987.

NACIMIENTO E IMPORTANCIA DEL LIBRO

Hablar del libro es hablar del conocimiento que millones de seres han elaborado durante largos milenios. Es penetrar en la magia del pensamiento humano ilimitado e ilimitable, en la concreción por parcelas del saber formado por la inteligencia y la razón de los hombres desde hace muchos siglos y expresado y transmitido mediante el sistema simbólico del lenguaje, ya que es el lenguaje el elemento modelante de todos los fenómenos culturales, y al decir lenguaje, diremos también de la escritura, que es la forma mediante la cual aquél se materializa.

Uno de los escritos fundamentales de la civilización occidental, el Evangelio de San Juan, se inicia con las siguientes palabras: “En el principio era el verbo”. Esta afirmación que se halla en uno de los testimonios más sobresalientes de la civilización occidental, encuentra sus fundamentos en el desarrollo de la historia de la cultura, esto es, de la humanidad. El hombre dotado del poder de comunicación, con el verbo, el lenguaje, expresó sus necesidades y emociones; describió el mundo que lo rodeó dando origen a la ciencia; su transcurso sobre la tierra con lo cual elaboró la historia; sus concepciones religiosas transformadas en grandes concepciones cosmológicas y metafísicas y en fin, todo su pensamiento, desde el más rudimentario hasta el que contenía sus más elevados y sutiles sistemas.

Durante siglos, el saber humano se constituyó a través del lenguaje, de la palabra hablada, del verbo, mas un día, allá por el quinto milenario antes de nuestro señor Jesucristo, en la Mesopotamia cruzada por dos caudalosos ríos, un pueblo que había alcanzado un cierto estadio de civilización asentándose en tierras propicias y fecundas, que pastoreaba sus ganados cada día más crecidos, que habitaba en casas sencillas y rudimentarias, pero superiores a las cuevas o a las puras tiendas de pieles; que tenía una cohesión social firme, una dirección política en cierne, unas concepciones religiosas aunque débiles existentes y una habilidad artesanal en desarrollo, comenzó a decorar sus objetos de cerámica, movido por el deseo de expresar el mundo que lo rodeaba, al igual que lo hicieron los hombres de las cavernas, quienes desearon representar con sus dibujos los animales, las plantas y los hombres.

Los portadores de las culturas de Obeid y de Warka, la antigua Uruk, situa­dos al sur del Éufrates y del Tigris, fueron en lejanos siglos los creadores de la escritura. En tabletas de arcilla, con un sistema pictográfico que empleaba palabras signos y palabras sonidos, esto es, en el que coexistían valores ideográficos y valores silábicos y con el que se representaban cosas concretas o abstractas, crearon la escritura, que dado el enorme número de signos (más de 900), doscientos años después sólo podía ser manejada por los dupsares (escribanos), quienes hicieron de su empleo una profesión muy especializada.

En un periodo siguiente, el Djemdet Nasr, la escritura se perfecciona y es utilizada para registrar el desarrollo cronológico de los pueblos, principalmente la larga sucesión de dinastías que los rigen. Unos extraños cómputos derivados de algunas tabletas, asignan a sus reyes más de 456 000 años de existencia. Independientemente de la forma de computar, interesa señalar que en este periodo se encuentran las primeras menciones a un diluvio, el cual se consigna en la tableta XI de la Epopeya de Gilgamesh. Ahí se menciona a Ziuzudra o Utnapisthim, el salvador de la humanidad, que dentro de la tradición bíblica es Noé.

La aparición de la escritura en épocas tan remotas se debió fundamentalmente a la existencia de condiciones sociales, económicas y culturales propicias; a un notable esfuerzo de abstracción y a la necesidad de consignar no sólo el remoto o próximo pasado, sino las urgentes y vitales necesidades de la administración propia y estatal, de la economía, de las relaciones públicas. Con ella se elaboran contratos de compra y venta o de cambio; se establecen disposiciones y leyes y se ejecutan algunas inscripciones que indican la realización de un hecho importante, histórico. Con posterioridad se empleará para consignar ideas religiosas y redactar algunos textos literarios.

Los especialistas consignan que a partir del segundo milenio, esto es, más de mil años antes de que fuese redactada la Biblia o compuestas la Ilíada y la Odisea, florecía en Sumeria amplia literatura escrita con mitos, epopeyas, himnos, lamentaciones, colecciones de proverbios, fábulas y ensayos. Ese florecimiento llegó en tiempo de la primera dinastía babilónica a contar con una importantísima colección de testimonios de todos los dominios del pensamiento.

Estos testimonios estaban redactados por escribas que sumaban miles y quienes ocupaban posiciones preferentes en la administración civil, política, económica y religiosa, enorgulleciéndose de su profesión. Uno de los príncipes sumerios, el magnífico Asurbanipal, iniciado en los misterios de la escritura, escribirá señalando la importancia de saberla:

He aprendido lo que trajo a los hombres el sabio Adapta, los preciosos conocimientos escondidos de toda la ciencia escrita; he sido iniciado en los [libros de] presagios del cielo y de la tierra, a ellos me he entregado en compañía de los sabios; soy capaz de discutir la serie hepatoscópica con los más eminentes especialistas de la lecanomancia; resuelvo divisiones y multiplicaciones embrolladas que desafían al entendimiento. He conseguido leer el ingenioso sumerio y el oscuro acadio, difícil de entender bien. Soy capaz de descifrar palabra por palabra las piedras inscritas antes del diluvio, que son herméticas, sordas y enrevesadas.

Las expresiones anteriores revelan la estimación que se tenía a la posibilidad de expresión del pensamiento, cuanto al pensamiento ya consignado en alguna forma en tabletas o pieles o papiro, y el cual se conservaba celosamente de tiempos atrás.

También dentro de remotas civilizaciones como la egipcia, la escritura aparece hacia fines de la segunda civilización eneolítica, Nagada II. Desa­rrollada con rapidez y descansando sobre el conocimiento y aplicación de un número restringido de principios altamente racionales, pero compuesta de numerosos jeroglíficos que exigían un doble esfuerzo de memoria y reflexión, la escritura egipcia era de una élite no de nacimiento ni de bienes económicos sino de inteligencia y de carácter, lo que hizo que fuera una de las primeras del mundo manejada por letrados representantes auténticos de la civiliza­ción de Egipto.

En el Extremo Oriente, se sabe que la escritura existía antes del año 1700 a. C. Tanto la china como la japonesa no son de tipo alfabético, sino que están constituidas por un repertorio de signos, cada uno de los cuales corresponde a un semantema. En China principalmente hubo dos tipos de escritura, una destinada a la permanencia, a durar, grabada en bronce o granito y otra que cambiaba y la cual se difundía lo más posible, plasmada en tela o papel. La primera ha subsistido hasta hace pocos años; la segunda, en la que se imprimían las fórmulas religiosas y mágicas, calendarios y pequeños textos sagrados, requería reproducción y para satisfacerla se inventó desde los siglos viii y ix la xilografía, la cual, debido a fuertes restricciones ofi­ciales, fue detenida en su avance que pudo llegar hasta el descubrimiento de la imprenta.

Con el advenimiento de la escritura los pueblos del mundo iniciaron una división que los hizo diferenciarse profundamente, pues de un lado quedaron los que podemos llamar escriturales y, del otro, los que integraron civilizaciones no escriturales. Aun pueblos de la misma rama, como algunos indoeuropeos, fueron clasificados como bárbaros al no desarrollar la escritura; tales los germanos y los partos.

Mas la escritura tendrá que esperar hasta el florecimiento de una cultura excepcional para poder alcanzar sus expresiones supremas. Fueron los griegos quienes al desarrollar un alfabeto sobre las bases de otros pueblos, entre otros el fenicio, llegan a la perfección. Ellos fueron, como muy justamente lo indica André Varagnac, “los primeros en descubrir en la escritura su profundo sentido, en poner de relieve las inmensas consecuencias espirituales de esa reflexión y técnica lógica como se había iniciado”. Si los varios sistemas escriturales existentes desde hacía más de tres mil años, los hombres de Oriente los habían empleado para elaborar estadísticas, crónicas, calendarios y sin duda una diplomacia base de su organización política, la palabra escrita permanecía en ellos cargada, mejor dicho preñada, de todas las magias oscuras de la palabra hablada, del verbo. Los griegos fueron los primeros en reflexionar acerca de las características propias de la escritura, su invariabilidad, su generalidad y su precisión.

Al elaborar los pensadores griegos —afirma Varagnac— una auténtica metafísica de la escritura, llegaron a descubrir que hasta entonces el saber de los pueblos dependía exclusivamente de la tradición oral. En las sociedades arcaicas ésta es textual, pero de toda suerte sufre ligeras variantes. En la piedra o en el bronce, los signos, en cambio, se convierten en invariables eternamente. La cultura griega, extraña paradoja, que fue de las antiguas la más dinámica de todas, se orientaba hacia el inmovilismo y de él hizo a través de la escritura su ideal supremo… La generalidad radicó para los hombres de Grecia en el hecho de no cambiar. La pa­labra, al despojarse de todas sus resonancias particulares, lograba que su sig­nificación fuera universal, intemporal. En oposición a los nombres propios, los nombres comunes decantados de toda individualidad se transformaban en el soporte de un concepto puro.

La palabra animal, así, designaba no una bestia particular sino todo animal posible. La palabra escrita revela de esa suerte la existencia superior de ideas puras en las cuales las cosas y los seres no serían sino imágenes aproxima­tivas, “reflejos de las sombras”, como diría Platón. Todas las realidades concretas, sensibles, no serían sino débiles copias de esos modelos perfectos que concebimos al comprender cada palabra. De esta suerte, el platonismo llegó a ser una meditación acerca del lenguaje escrito.

Precisión, la tercera característica fundamental, significaba que la escritura es escuela de justeza, de expresión, de exactitud.

Escribir es pesar cada palabra verificando la minuciosa correspondencia con su modelo ideal. La belleza será así esa estrecha conjunción del don sensible y de la idea. Un cuerpo bello sólo lo será en la medida en que encarne un ideal de belleza. Esculturas y pinturas serán bellas sólo en la medida en que se asemejen a un determinado modelo ideal. El arte griego se orientará y orientará a todo el clasicismo hacia un fin de reproducción rigurosa, pero altamente inspirada.

Cultura superiormente formada, la griega va a añadir a esa extraordinaria adqui­sición humana que fue la escritura, un profundo sentido lógico, que unido al aporte inmenso del derecho romano y a los ideales fraternales y de generosa justicia del cristianismo darían lugar a la civilización occidental. Al fundar sobre la escritura el reino de las ideas puras, intelectualizaron la cultura, la cual producirá sus frutos más apetitosos y espléndidos en el alba de los grandes descubrimientos.

El libro, aparecido según los eruditos al comienzo de la época alejandrina, esto es, hacia la primera mitad del siglo iii a.C., ya como algo usual, que había penetrado en la vida de los pueblos cultos y se había vuelto indispensable, gozó, como había gozado el pensamiento y la sabiduría escrita, de un gran prestigio. Los conceptos que en el Libro de proverbios hacen referencia al saber adquirido por el estudio: “la sabiduría del hijo aumenta el honor y nobleza de su padre y por el contrario, el hijo ignorante es causa de tristeza a su madre y de ira y dolor a su padre y confusión suya”, trasladáronse a los libros para los cuales la antigüedad clásica acuñó las mejores definiciones, identificando a la sapiencia con los propios libros.

El filósofo escribe, entre los primeros, que “el conocimiento, las letras, entre las cosas prósperas son ornamento y entre las adversas, refugio”, y Plinio dirá a su vez que “los hombres que de él y de ellas se ocupan, siempre serán admirados por los demás y estimados tanto por la diligencia que ponen en inquirir y buscar el saber, cuanto por la bondad con que lo comunican”. Marco Tulio irá más allá al ponderar la necesidad de apoyar a los estudiosos, lo cual, afirmaba, revertía en beneficio general.

Es muy útil a las Repúblicas —escribía en su Oración a Bruto— tener hombres doctos que se ocupen de escribir libros, porque muchos ilustres hechos de muy excelentes varones quedarían en perpetuo olvido sepultados, si los que escribieran no hicieran de ellos mención; y las artes y las ciencias no estuvieran en la perfección que están, si los que las saben no las comunican en sus libros.

El apoyo a la cultura por parte de los gobernantes convirtiose así desde los primeros tiempos en una obligación insoslayable, la cual recordaba Egidio Romano cuando afirmaba que “el rey debe tener mucho cuidado que en su reino florezcan los estudios de las letras, y que en ellos haya muchos sabios e ingenios, para que sus súbditos no estén envueltos en las tinieblas de la ignorancia”.

De esta concepción deriva el auxilio prestado a las instituciones de cultura por los buenos gobernantes y las alabanzas innúmeras que la antigüedad clásica deparó a quienes la proporcionaron estableciendo bibliotecas, creando estudios, universidades, colegios y seminarios destinados al cultivo de las ciencias y las artes, actos con los cuales cumplíase con los anhelos expresados por Platón en su República, de que los príncipes fuesen filósofos para que pudiesen gobernar a los hombres conforme a las leyes divinas y a la buena y recta razón.

La historia entera de las bibliotecas y centros de estudio revela el cuidado y atención prestados a los libros y el incremento que la cultura general recibió cuando se atendió a su elaboración y difusión, así como el decaimiento ocurrido en la medida en que se desatendió ese deber.

El siglo xv, en el que la cultura occidental alcanza su máximo florecimiento y su capacidad mayor de expansión, es aquél en que el libro va a adquirir, gracias a un ingenioso descubrimiento, sus máximas posibilidades, la de multiplicarse indefinidamente por medios mecánicos y difundirse en núcleos cada vez más amplios. Una auténtica revolución cultural representó la invención de la imprenta por Gutenberg, quien se había formado en los talleres xilográficos que Lorenzo Jansoon Coster (1370-1439) tuvo en Harlem, y quien después de sus ensayos en Estrasburgo, perfeccionó en Maguncia su descubrimiento, habiendo impreso la Biblia de 42 líneas en primer término y más tarde la de 36, y ya en 1460 su célebre Catholicón impreso también a dos columnas en tipo gótico. A partir de esos años, la imprenta se introduce por doquier: en Italia, en Subiaco en 1464; en Roma favorecida por el cardenal Torquemada en 1467, habiendo impreso las epístolas de Cicerón y la obra de Lactancio; en Venecia en 1469; en París en 1470 y en Londres en la Abadía de Westminster en 1474. A España pasa después de 1470 y se discute un impreso de 1471 de Barcelona, aceptándose en cambio que el Sínodo diocesano de Segovia sí fue impreso en esta ciudad en 1472.

El libro impreso, al igual que otros extraordinarios inventos de esa cen­turia, va a caer al poco tiempo en Europa en manos de ricos burgueses, de hombres con capital, quienes se dedican a difundir las obras que tienen más salida, de las que hay una demanda mayor, como biblias, misales, breviarios, gramáticas elementales, calendarios, indulgencias, haciendo de ello una mera industria. Por otra parte, observamos que ciertos Estados prohijan la publicación de libros que apoyan sus intereses políticos e ideológicos, pero junto a estos hechos innegables hay que señalar la acción positiva que tuvo como elemento de formación y unificación de las lenguas. Sabemos que antes de 1560 se imprimieron más de un millón de ejemplares de la Biblia de Lutero, y que el Book of Common Prayer en Inglaterra corrió por todas las manos, contribuyendo no sólo al aumento de los grupos letrados, sino a la unificación lingüística, y de paso, a la detección de formas populares dentro de las lenguas vernáculas que iban evolucionando poco a poco. De este hecho, André Martin deriva una observación que a nuestro parecer no es sólo aplicable a la imprenta: la de que en ocasiones es motor de progreso, en tanto que en otras ejerce un papel conservador, como es el caso de su acción en el Renacimiento y en la Con­trarreforma. Creo que estas observaciones deben referirse mejor al uso que los hombres hacen de éste como de otros inventos intrínsecamente valiosos.

Pero volviendo a su acción dentro de la integración y perfección de las lenguas nacionales, es evidente que fue máxima. La obra de Sperone Speroni para defender la lengua toscana, habrá de dar lugar a la aparición de la de Du Bellay Defense et illustration de la langue francaise, y a otras.

En este campo hemos de señalar el papel unificador de la lengua española en una vasta porción de América, realizado positivamente por la imprenta.