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Primera edición digital: octubre 2020
Campaña de crowdfunding y composición de la cubierta: equipo de Libros.com
Maquetación: Álvaro López
Corrección: Juan F. Gordo
Revisión: Verónica Sarria

Versión digital realizada por Libros.com

© 2020 Pedro Arrojo Agudo
© 2020 Libros.com

editorial@libros.com

ISBN digital: 978-84-18261-79-4

Pedro Arrojo Agudo

Vivencias de un diputado
desde el hemiciclo

Fue apasionante, pero no un placer

Prólogo de Carlos Adán Gil y Sandra Blasco Lisa

A Carmen, por todo y más.

Índice

 

  1. Portada
  2. Créditos
  3. Título y autor
  4. Cita
  5. Prólogo. Por Carlos Adán Gil y Sandra Blasco Lisa
  6. Introducción
  7. 1. Rompiendo moldes
  8. 2. Cómo funciona un parlamento y cómo se bloquea
  9. 3. De las plazas a las instituciones
  10. 4. ¿Equivocamos nuestras políticas?
  11. 5. Mi trabajo parlamentario
  12. 6. La política internacional
  13. 7. Trabajar por recomponer y relanzar el espacio del cambio
  14. Epílogo
  15. Mecenas
  16. Contraportada

Prólogo

Carlos Adán Gil y Sandra Blasco Lisa

El libro que os presentamos a continuación no engaña. Se trata de una rendición de cuentas de Pedro Arrojo, en donde vuelca reflexiones en torno a su paso por el Congreso como diputado de Unidos Podemos en la XI y XII legislatura, entre los años 2016 y 2019. No obstante, creemos con sinceridad que este libro representa mucho más; es también una rendición de cuentas hacia sí mismo; es un conjunto de páginas en las que se pregunta si se podían haber hecho mejor las cosas, si se supo aprovechar la ventana de oportunidad que la gente había abierto desde las calles y si quedan espacios para hacer las cosas de otra forma. Este libro es, en definitiva, una oportunidad y una guía en la que buscar pistas para construir un Podemos mejor.

Cuando nos disponíamos a escribir estas líneas nos preguntábamos qué hacíamos nosotros colándonos entre sus reflexiones, nada más y nada menos que abriéndolas con un prólogo que diese pistas al lector de lo que se iba a encontrar, de dónde se metía. Más allá de las razones evidentes que radican en nuestra amistad con Pedro y Carmen o en la afinidad ideológica que nos une, creemos que lo que definitivamente ha hecho que hoy estemos escribiendo esto ha sido también —y puede que sea la razón principal— lo que nos separa: un salto generacional que hace que veamos la política desde otra perspectiva, aunque compartamos objetivos con él. Unas formas de hacer política al margen de los cauces de partido —en donde Pedro se movía hasta su entrada en Podemos— y una situación de precariedad que nos empuja a ser críticos. Todo esto ha hecho que nuestras opiniones, desde que nos conocemos, se pudiesen encontrar, dando pie a interesantes debates.

Durante estos últimos años, marcados para él por la política parlamentaria y para nosotros por nuestras investigaciones doctorales, hemos compartido comidas, sobremesas y algunos paseos en los que el pequeño Nico nos llevaba a descubrir el parque. Paseos agradables, paréntesis en nuestras rutinas, de risas, pero también de expresión de nuestras preocupaciones. En nuestro caso sobre la situación precaria de los jóvenes, las dificultades para abrirnos camino en el mundo investigador o la necesidad de desarrollar espacios en los que «hacer política», más allá de las instituciones; y para él en torno a sus frustraciones a la hora de trasladar al partido y al parlamento las reivindicaciones que llevaba años defendiendo desde los movimientos sociales, sobre las ausencias de su vida en la capital o las barreras a la hora de abrir y cambiar las formas de hacer política. También compartimos sentimientos de esperanza cuando nos hablaba de esa gente maravillosa con la que tenía la oportunidad de convivir y trabajar en ese grupo parlamentario, con un capital humano impresionante en su seno; o cuando nos explicaba las iniciativas que estaba intentando sacar adelante. Nosotros no lo sabíamos, pero nos estaba ofreciendo retazos del texto que pensaba escribir un tiempo después.

Hay una pregunta casi obligada, de la que se derivan otras, si queremos entender las reflexiones que traslada este libro: ¿qué pudo llevar a Pedro, implicado en los movimientos sociales desde hace cuarenta años, a dar el paso a la política institucional, un salto que pasaba por asumir una lógica de partido? Y tras esa pregunta otras como: ¿y qué lógica de partido esperaba?, ¿cómo se articularían las relaciones dentro del partido y, sobre todo, con los colectivos y movimientos sociales? Estas son preguntas que, de hecho, están en el centro del pensamiento de Pedro —y de muchas personas que, desde los movimientos sociales, aterrizaron en Podemos—. A decir verdad, Pedro, al igual que muchos de sus compañeros, había militado durante los años setenta en partidos clandestinos contra el franquismo. Partidos en los que mucha gente, dispuesta a hipotecar su juventud para cambiar las cosas, acabó frustrada por las formas centralistas y autoritarias de organización que caracterizaron a esos partidos. Podemos se presentaba para Pedro como un instrumento que permitiría aprovechar esa ventana de oportunidad por la que asomaba la indignación de la mayor parte de la sociedad española para articularla en forma de rebeldía política, pero superando errores y carencias pasadas, con un partido participativo, cercano a la gente, y en donde fines y medios fuesen de la mano.

Estamos convencidos de que, de alguna forma, estaba tendiendo un puente emocional con su pasado. Un puente que iba desde la esperanza de su generación por derrocar la dictadura y crear un mundo más justo, hasta esa ilusión generalizada, contagiosa, de un 15-M en el que la juventud tomaba las riendas, cuestionaba las formas de hacer política, impugnaba las brutales soluciones que las élites políticas estaban imponiendo ante la crisis y demandaba nuevos medios de participación ciudadana que acabasen con un sistema bipartidista en el que no se tenía en cuenta al tejido social en la toma de decisiones. Pedro reflexiona en su libro: «Siempre me admiró cómo esa juventud de entonces rescató y relanzó, con un nuevo lenguaje, buena parte de los principios y anhelos que inspiraron, en nuestra juventud, aquellos años de rebeldía democrática antifranquista, bajo las influencias del Mayo francés del 68».

Podemos se compuso de una amalgama de personas que traían consigo la ilusión por cambiar la realidad cotidiana gracias al convencimiento de que se podía hacer política de otra manera, y de que se podían democratizar las economías de mercado frente a las políticas neoliberales y de austeridad que estaban imponiendo los gobiernos europeos. Podemos aspiraba a recoger las demandas del 15-M, que denunciaban el retroceso de las políticas sociales características del estado del bienestar, al tiempo que cuestionaba la corrupción de las élites políticas —profesionalización de la política, puertas giratorias, financiación ilegal, cajas b, etc.— y el trato de favor a los poderes económicos frente a las mayorías sociales —la estafa del rescate bancario, los desahucios, los recortes en servicios públicos como la dependencia, la sanidad o la educación—. Y todo ello desde la impugnación del statu quo de la política en España vigente desde la Transición, planteando la necesidad de un proceso constituyente que regenerara y renovara la política en nuestro país.

Muchos representantes de Podemos fueron elegidos por su trayectoria en los movimientos sociales. Sin embargo, su experiencia y sus capacidades en estos frentes sociales no han tenido visibilidad en la acción parlamentaria. En aras de una organización eficaz, la dirección no ha sabido apreciar la importancia de ciertos temas y el talento de muchos diputados y diputadas. Las prioridades o el argumento de la eficacia no pueden —no deben— invisibilizar o postergar frentes fundamentales como el de las políticas medioambientales. Si realmente creemos en la emergencia climática y en la necesidad de implementar políticas transversales en esta línea, ¿qué se ha hecho mal dentro del grupo confederal para no haber sabido —querido tal vez— plantear este tema como prioritario? A las bases no nos vale con que nos subamos al tren cuando este ya está en marcha, especialmente sabiendo que contábamos con personas muy capacitadas para guiarlo, en estrecha conexión con el tejido social.

Podemos se planteaba como una estructura de intercambio de ideas y propuestas. Los círculos, más allá de las consultas ciudadanas —consultas a la militancia en momentos puntuales—, eran el mecanismo que debía situarse en la base de este intercambio, actuando a través de una red que llegase a los principales representantes del partido. Sin embargo, la militancia pronto sintió la falta de operatividad de esa transmisión entre las bases y una dirección que muchos vemos cada vez más alejada de la gente. Sin duda este debate, el de los mecanismos para mantener un Podemos participativo y en ebullición en donde todas y todos podamos sentirnos parte de esta gran familia, urge en el seno del partido; hay que tomárselo en serio y no resucitarlo solo en el plano discursivo de cara a reforzar posiciones en juicios intrínsecos.

Este proceso de discusión interna también tenemos que trasladarlo a los territorios, en donde muchas veces se han roto los lazos de comunicación directa con los representantes, aunque se esfuercen en aparecer en las fotos. No nos gustan las listas plancha, aunque entendamos los porqués de su origen. No nos gustan los procesos internos opacos, y mucho menos las luchas de poder y la selección de personas para puestos de relevancia desde alineamientos en los que la afinidad se impone sobre la capacidad. Y no nos gustan porque no queremos que Podemos se convierta en una caricatura de ese «lo llaman democracia y no lo es», que tantas veces hemos clamado en las plazas; y porque no queremos convertirnos nosotras, sus bases, en una «militancia del jeribeque» que no sepa cómo comunicarse con sus representantes y dirigentes. Si no se ponen estas cuestiones sobre la mesa, corremos el riesgo de que el proceso de desafección ciudadana sea tan profundo que Podemos deje de ser esa casa común que todas y todos queremos.

La relación del grupo parlamentario con los territorios es, sin duda, otra de las líneas de debate que se abre con la lectura de este texto. Pedro entiende la política como un servicio a la ciudadanía; entiende su paso por el Congreso de los Diputados como una oportunidad de representar a todo el Estado, pero prestando especial atención a Zaragoza y al conjunto de Aragón. En este texto encontramos reflexiones sobre la capacidad efectiva de representar a las gentes de un territorio en el Congreso, especialmente de una tierra despoblada y empobrecida como Aragón. No es fácil representar a un territorio con poco peso en el sistema parlamentario. La pregunta que nos hacemos es, ¿cuántos beduinos[1] tenemos que enviar al Congreso de los Diputados para que se empiece a escuchar la voz de los aragoneses? El debate interno que se debe abrir en el seno del partido no puede pasar por encima de esta cuestión.

Este libro, más allá de una rendición de cuentas a su labor como parlamentario, intenta responder a la pregunta de qué se ha conseguido, y de cuestionarse los costes de oportunidad de haber optado por unas formas organizativas elaboradas como máquina electoral, pragmática y eficaz a corto plazo, pero que reproduce inercias nocivas que no permiten desarrollar el potencial humano y político que se consiguió con el nacimiento del partido. Este libro transmite la profunda necesidad de cambios internos, que en última instancia han de derivar en cambios en las relaciones con la militancia, y en pasos para poder conformar ese Podemos confederal necesario ante los retos de la coyuntura política actual. Pedro nos habla —nos hablaba ya antes de entrar en Podemos— sobre la necesidad de cultivar nuevas políticas con humildad y perseverancia, asumir que Podemos nace de la gente y que, en consecuencia, deben asegurarse cauces por los que puedan manar voces nuevas, propuestas y críticas. En definitiva, un partido que sepa navegar de forma sostenible sobre un caudal humano heredado de los movimientos sociales y el 15-M.

¡No dejemos escapar esta oportunidad!

Carlos Adán Gil y
Sandra Blasco Lisa

Introducción

 

Aunque parezca que han pasado quince años, lo que explico en este pequeño libro ocurrió durante los últimos cuatro, desde principios de 2016, en que tuve el privilegio de participar en el primer pleno de la legislatura XI como diputado de Podemos por Zaragoza, hasta hace bien poco. La acelerada evolución de los acontecimientos, culminada con la caída al vacío que ha supuesto la pandemia por el coronavirus, nos genera esa paradójica sensación de que todo pasó hace mucho tiempo, no siendo cierto; aunque, eso sí, al menos para mí pasó muy deprisa.

Con este texto hago una rendición de cuentas como parlamentario, al tiempo que un ejercicio de reflexión para intentar entender lo ocurrido, lo que hicimos bien y lo que no hicimos tan bien o simple y llanamente erramos. Y que todo ello nos sirva para proyectar ese futuro que debemos reconstruir.

Me decidí a elaborarlo a principios del verano pasado, como forma de ayudarme a pensar en momentos en los que la moral y el ánimo se me venían abajo. Y es que, como es bien sabido, hablar con los demás y escribir ayuda a pensar y a entender. A finales de 2019, tras recoger opiniones y sugerencias de amigas y amigos, decidí cerrar la redacción. A lo largo de esos meses, con las negociaciones y campañas electorales por medio, no creí conveniente publicar nada para evitar posibles interpretaciones a favor o en contra de unos u otros. Posteriormente, conseguido el gobierno de coalición que desde hacía años veníamos proponiendo, y convocada la Asamblea Ciudadana de Podemos, que pasaría de ser Vistalegre III a Leganés I, para finalmente suspenderse en su formato presencial por la pandemia, parecía llegado el momento de presentarlo en el marco de los debates que debían abrirse. Sin embargo, debo reconocer que no tenía energía para transformar este texto en un documento que compitiera frente a otros en la Asamblea Ciudadana. Amplié el paréntesis, dando más tiempo al tiempo y rebajando expectativas. Al fin y al cabo, todo apuntaba ya por entonces a que esa III Asamblea Ciudadana acabaría siendo más un espacio de adhesión incondicional al liderazgo de Pablo Iglesias que un foro de debate crítico sobre el camino recorrido. Pasada, pues, esa III Asamblea Ciudadana no presencial, y consolidada la dirección con los ajustes oportunos, aporto este texto a la consideración de todas y todos, dentro y fuera de Podemos, más allá de pugnas o aspiraciones de poder, con la esperanza de que inspire y aporte ideas, críticas y propuestas de utilidad para un futuro que, aunque pueda parecer mentira, vendrá, o mejor dicho, construiremos.

A lo largo de estos años, en los que pasé de profesor emérito de análisis económico y activista social a diputado en el Congreso, mucha gente me hizo la misma pregunta: «¿Cómo te va, Pedro, cómo valoras la experiencia de estos años?». Al principio, trataba de explicar mis sentimientos y valoraciones contradictorias con largas explicaciones, hasta que finalmente encontré una respuesta sintética: «Ha sido un enorme honor, ha sido sumamente interesante, incluso apasionante, pero no ha sido un placer».

Creo que desde Podemos acertamos en proyectar las demandas sociales del 15-M. Se propuso un programa político esperanzador, regenerador de las esencias democráticas y al tiempo viable, que confrontó las injustas estrategias de austeridad frente a la crisis y puso en evidencia la responsabilidad cómplice de la socialdemocracia europea en dichas estrategias, y en particular la del PSOE. Acertamos igualmente al demandar, desde un principio, un gobierno progresista de coalición, aunque la arrogancia derivada del éxito y la falta de madurez nos llevaran a escenificaciones que al principio favorecieron lo contrario de lo que proponíamos. Propugnamos un perfil de diputados y diputadas como gente normal que no viviría de la política, limitando drásticamente nuestros sueldos y renunciando de forma radical a los créditos bancarios para preservar nuestra independencia. Acertamos, aunque arriesgamos mucho al mantener incluso en los momentos más duros el derecho a decidir de los pueblos de este país de países al que queremos y soñamos unido, pero unido desde la libertad. Asumimos el reto feminista en el eje central de nuestra política, y contribuimos a que reventara en España la movilización general de las mujeres. Acertamos en estas y en otras muchas cosas…

Sin embargo, presionados por la urgencia de lo que se caracterizó como una ventana de oportunidad para asaltar los cielos, en nombre del pragmatismo y la eficiencia política, marginamos el desarrollo de la participación efectiva de la gente que caracterizó al 15-M. Ignoramos y arrumbamos el principio de la noviolencia, que también cultivó el 15-M, con todo lo que ello implica. Los círculos fueron relegados a la irrelevancia. Las imaginativas e innovadoras formas de participación de cientos de miles de activistas y simpatizantes, a través de la red, se pervirtieron con estrategias como la de las listas plancha, que garantizaban el control estricto de las decisiones clave desde la dirección estatal, como en los demás partidos. Devaluamos, hasta ignorarlo de facto, el principio de que el fin no justifica los medios, olvidando que no basta proponer políticas justas, sino que es tan importante o más el cómo, el modo de llevarlas a la práctica. Quedó relegado a un segundo plano, como ineficaz ante la urgencia, el dar tiempo y espacio a los debates y respeto a quienes participan en ellos. Y en este contexto, dejamos que se impusiera el modelo Juego de Tronos a la hora de afrontar y resolver las inevitables pugnas de poder.

Por otro lado, se ignoraron o minusvaloraron dos grandes y trascendentales temas que deberían ser clave en esa nueva política de la que tanto hemos hablado: la sostenibilidad ambiental y el desarrollo rural. Es cierto que ni uno ni otro vertebraron la rebelión del 15-M, que centró su atención en los temas sociales derivados de la crisis económica desde una visión fundamentalmente urbana; pero ello no justifica la marginación de estos retos que son desafíos esenciales del siglo XXI, no solo en España, sino a nivel global.

Finalmente, esta combinación de aciertos, errores y deficiencias ha desembocado en la tremenda paradoja de llegar al poder con un gobierno de coalición progresista, desde una situación de gran debilidad organizativa, tras dejar por el camino a buena parte de los dirigentes y a decenas de miles de activistas y simpatizantes frustrados y desmoralizados. El riesgo de centrar todos los esfuerzos y expectativas de cambio en la acción de gobierno y en la marca electoral puede llevar a relegar a un segundo plano la importancia de la acción ciudadana que inspiró el 15-M y el nacimiento de Podemos. De hecho, algo parecido ocurrió cuando toda la atención de Podemos se centró en la acción parlamentaria, en la que nos estrenábamos, mientras los círculos se desmoronaban.

1. Rompiendo moldes

 

Así empezó todo

«Es usted la primera diputada de color en el Congreso de los Diputados…». «Perdone, de color no… Soy negra. Todos tenemos un color u otro; usted es blanca y yo soy negra…». «Discúlpeme, no quería molestarla…».

Una periodista había empezado a entrevistar a Rita Bosaho, nuestra diputada por Alicante, en las escaleras de las Cortes, junto a los leones, justo detrás de mí, que en aquellos momentos me afanaba en recoger firmas del grupo parlamentario para presentar nuestra primera Proposición de Ley con las medidas de emergencia social que creíamos esenciales y urgentes. Se acababa de constituir el Congreso y, al acabar el pleno, habíamos salido a abrazarnos, emocionados, con varios cientos de personas que nos esperaban fuera, coreando el «¡Sí se puede!». Luego, sin dejar de cantar hasta la afonía, llenamos las escaleras del Congreso para hacernos aquella foto, no sé si histórica, pero seguro que inolvidable.

Aquel primer pleno de la legislatura, en todo caso, sí creo que fue histórico. Por primera vez entrábamos en las Cortes sesenta y nueve diputados y veintitrés senadores, de Podemos y sus confluencias, con indumentarias insoportablemente normales, que en la calle habrían pasado inadvertidas, pero que en el Congreso y en el Senado, en aquellos momentos, muchos entendieron como indignas y provocadoras. Todo el mundo recordará aquella mirada de Rajoy, no sé si de asombro o desprecio, cuando pasaba delante de él Alberto Rodríguez, nuestro diputado canario, con sus dos metros coronados por rastas. Los medios publicaron esta y muchas otras fotos, junto a los múltiples comentarios de la jornada, algunos especialmente groseros e insultantes, como los que se referían a nosotros como «piojosos y malolientes…». Otros fueron hasta graciosos: «¿Se creerán que si dejan sus chaquetas en los percheros se las vamos a robar…?». Lo cierto es que la mayoría de nosotros, sin saber que existían esos espacios con perchas para dejar lo que se quisiera, acabamos poniendo nuestras prendas de abrigo en el respaldo de nuestros escaños. O los múltiples comentarios que suscitó mi bufanda multicolor que, por cierto, mantuvo hasta el final, por lo que me dicen, la incertidumbre sobre mis tendencias sexuales.

Entrábamos en las Cortes gente normal, que no pretendíamos profesionalizarnos en la política, sino rendir un servicio de representación genuina de la gente normal que nos había votado para intentar cambiar las cosas. Gente normal que fuimos calificados por algunos medios como los sans-culottes, los «sin calzones» del siglo XXI, evocando el apelativo despectivo con el que las élites denominaron en la Francia del XVIII a los trabajadores, comerciantes, campesinos y artesanos que entraron al Parlamento, tras la Revolución francesa, con sus indumentarias habituales.

Aquel día, como tantos otros después, fue intenso. Respetando el margen que deja la normativa vigente, los sesenta y nueve diputados y diputadas de Podemos y de las confluencias hicimos nuestra promesa de acatamiento de la Constitución con una frase propia, rematada, creo recordar, por un «nunca más este país sin sus gentes», o algo así. Esa heterodoxa y variopinta fórmula de promesa/juramento motivó la ira sostenida y bronca, durante toda la sesión, de la bancada popular. Cada intervención desde nuestros escaños levantaba un tremendo abucheo de sus señorías populares, que en muchos casos, cuando la voz era débil, apenas si dejaba oír lo que se decía. Recuerdo perfectamente la extraña mezcla de perplejidad y emoción que sentí en aquel pleno. ¿Aquello era el Congreso de los Diputados? Me impactó aquel ejercicio público de mala educación por parte de quienes parecían evidenciar con arrogancia su profunda convicción de que el Congreso era suyo. También recuerdo la forma en que intervino Yolanda Díaz, nuestra diputada gallega, en aquel contexto tan agresivo. Cuando le tocó el turno, se levantó; como en los demás casos, rugió la horda; ella dirigió serena y rotunda su mirada a la bancada popular, y durante diez o doce segundos aplastó con su silencio el alboroto de sus señorías, como si de críos de la escuela se tratara; y una vez silenciado el hemiciclo, con voz potente de mujer poderosa, hizo su promesa, rematada con un «o povo é quem máis ordena». Impresionante.

Recuerdo también a Carolina Bescansa, con Rafael recién nacido, en su escaño y en las reuniones. En ningún momento se oyó chistar a la criatura, tanto si estaba con su madre como si pasaba a brazos de las diputadas y diputados de su entorno, que se lo disputaban cuando Carolina requería su apoyo. Gran escándalo para muchos y muchas: «¡Mira que llevarse a esa pobre criatura al Congreso!, para llamar la atención, claro está…». En esos momentos me venían a la memoria parecidas escenas y reacciones, hace ya mucho, cuando entraron los Verdes al Parlamento alemán y me invitaron a estar con ellos durante una semana, en Bonn, como representante del movimiento pacifista en España.

En suma, rompíamos moldes haciendo más real la representación de la calle en el Parlamento. Nada más y nada menos. Hoy, sin embargo, estoy seguro de que nadie se extraña de que gente normal, vestida como se viste a diario, gane un escaño y se exprese con normalidad en el Parlamento. Eso ha pasado a ser normal como lo es que el agua salga del grifo cuando lo abrimos… Pero no deberíamos olvidar que esas normalidades son en realidad conquistas que hubo que pelear.

A los pocos días, empecé a plantearme cómo trabajar la redacción de una nueva Ley de Aguas desde la coherencia de esa Nueva Cultura del Agua, que incluso la Directiva Marco europea demandaba y demanda. Lógicamente, los contenidos esenciales los tenía claros tras cientos de horas de reunión con los movimientos sociales o en la Fundación Nueva Cultura del Agua (FNCA), en congresos o desarrollando ponencias y conferencias. Si se hubiera tratado de hacerlo en el menor tiempo posible, estaba claro que debería haberme encerrado a trabajar con un pequeño equipo asesor de amigas y amigos de la FNCA. Sin embargo, lo que siempre tuve claro desde un principio era que no se trataba solo de hacer buenas leyes, sino que era tan importante su contenido como la forma de hacerlas. De manera que, al igual que hice luego con todas mis Proposiciones de Ley, me propuse convocar una pequeña asamblea ciudadana del agua, con colectivos y movimientos, para desarrollar una estrategia participativa de elaboración de la ley. Siguiendo los pasos que me indicaron, pedí permiso a la Mesa del Congreso, solicitando una sala de reunión. «¿Qué se propone usted hacer, señoría?», me dijeron a los pocos días, «¿no pensarán ustedes transformar este Congreso en un espacio para realizar asambleas populares?». Quedé un tanto perplejo y tardé un par de segundos en reaccionar. «Bueno, en realidad… sí, nos gustaría que el Congreso fuera un espacio donde poder convocar asambleas populares…; bueno, no solo eso, pero eso también…», respondí. El desagrado que provocaba la simple petición de un espacio para hacer una asamblea ciudadana en el Congreso era tan evidente que acabé sugiriendo: «… pero bueno, si no me dan permiso, no hay problema; convocaremos la asamblea en cualquier plaza cercana al Congreso y probablemente tengamos más éxito…». «No, no», me contestaron, «aún no se ha decidido nada; en breve le contestaremos». En efecto, a los pocos días me llegó el permiso solicitado. Pues bien, hoy es normal convocar asambleas ciudadanas en el Congreso, ya sea por un grupo parlamentario o por iniciativa de los movimientos sociales. Y ese tipo de asambleas las promueve no solo el grupo confederal, sino el grupo socialista, el de Ciudadanos o cualquier otro. Basta con que un diputado o diputada lo solicite y se responsabilice. Al igual que es normal que salga agua del grifo… Pero, insisto, no deberíamos olvidar que esas normalidades hubo que trabajarlas y conquistarlas.

El 15-M hizo mirar a la sociedad hacia los responsables de la crisis

El 15-M no solo hizo que la sociedad mirara hacia los verdaderos responsables de la crisis, sino que lo hizo a tiempo. La Nuit debout, por ejemplo, llegó tarde, cuando buena parte de la sociedad indignada francesa había sido captada por la demagogia populista, de corte neofascista, del Front National de Le Pen. Algo parecido ocurrió en otros países europeos en los que la indignación ha acabado alimentando en buena medida a la extrema derecha. En España, gracias al 15-M, la mayor parte de la indignación social frente a las políticas de austeridad miró a tiempo hacia los verdaderos responsables de la crisis.

Los jóvenes que protagonizaron aquella rebelión de las plazas cuestionaron el injusto sistema económico, la corrupción y la falsa democracia que justificaba priorizar el pago de la deuda sobre los derechos humanos y las necesidades básicas de la población; señalaron con el dedo a los verdaderos responsables de la crisis y proclmaron que «el rey estaba desnudo», con esa inocencia insolente y demoledora que solo la juventud es capaz de asumir. Con el «No nos representan» y el «Democracia real ya» cuestionaron tanto las restricciones antidemocráticas que tuvieron que aceptarse en la Transición para sortear las amenazas de involución, como el bipartidismo que permitía una alternancia en el poder sin que nada sustantivo cambiara. Pero, además, pusieron sobre el tablero social y político de este país la necesidad de hacer política de otra forma, desde la participación directa, responsable y respetuosa de la diversidad.

Siempre me admiró cómo esa juventud de entonces rescató y relanzó, con un nuevo lenguaje, buena parte de los principios y anhelos que inspiraron, en nuestra juventud, aquellos años de rebeldía democrática antifranquista bajo las influencias del Mayo francés del 68. Me admiró y me sorprendió porque, aun estando en estrecho contacto con los jóvenes de mi facultad, en ningún momento percibí la gestación de ese movimiento de rebeldía con la correspondiente elaboración de ideas y propuestas.

Recuerdo que Carmen (mi compañera) y yo lo hablamos con José Luis, el Negro, cogimos la tienda de campaña y nos fuimos a la plaza del Pilar. Escuchábamos, emocionados, a esos jóvenes salidos de quién sabe dónde, diciendo cosas que decíamos nosotros treinta y tantos años antes. Cosas evidentes, como que el derecho de un banco a sus beneficios no puede anteponerse al derecho de una familia a su vivienda. Cosas que sabíamos, pero que considerábamos irrealizables, al menos de momento. Cosas, como que «el rey estaba desnudo» que, siendo evidentes, habíamos acabado por asumir, desde la izquierda, que era mejor no decir en público.

A veces, alguien nos reconocía y venía a decirnos: «Hablad vosotros: Pedro, Carmen, José Luis; vosotros, que habéis lanzado tantas luchas, hablad desde el escenario…». Pero nunca salimos; estábamos absortos en ese déjà vu que resurgía poderoso con esos jóvenes inesperados y que nos arrancaba lágrimas de emoción de vez en cuando. «Es vuestro momento, vuestra rebelión, y contáis por supuesto con todo nuestro apoyo. Pero los protagonistas esta vez sois vosotros, sois vosotras… Eso sí…», solía decirles el Negro, «si aparece la policía nos avisáis, que eso nos lo manejamos muy bien». Y cuando José Luis decía eso, no era solo una gracia, sino una apuesta muy seria por la noviolencia, como una de las claves de aquel movimiento que podría haber saltado por los aires si el Gobierno hubiera decidido poner la violencia policial sobre la mesa.